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ATROCIDAD EN LA VECINDAD
Había una vez un tipo que nunca llevaba reloj y siempre estaba preguntando la hora.
Esto no tiene nada que ver con la historia pero no deja de ser un dato curioso. Se llamaba Paco.
Vivía en un bloque de catorce plantas de esos que vistos desde fuera son tristes y horribles
porque están sembrados de toldos verdes y ropas tendidas y jaulas con pájaros encerrados
chillando quiero morir, quiero morir, dejadme morir de una puta vez por el amor de dios.
Era una mierda de edificio, como casi todos.
Pero lo peor no era lo de afuera, lo peor de aquel edificio circulaba por dentro: eran sus asquerosos
inquilinos. Paco estaba hasta la suela de los cojones de ellos, no los tragaba. Aquello era un
enjambre de paletos y marujas, un criadero de gentuza de barrio marginal, inmigrantes que acudieron
en sus tiempos como buitres a las zonas ricas en industria y que ahora proliferaban y extendían
su estirpe por allí, plagándolo todo de catetos nacidos para peón y niñatas gilipollas aspirantes a
verduleras. Vivir allí, en una ciudad satélite de Barcelona, era un infierno.
Los hijos de puta se ponían a charlar y a cotillear en el ascensor y se tiraban media hora con la
puerta abierta mientras el pobre de Paco de desgañitaba en la planta baja, mamporreando el botón de
llamada y soltando puñetazos contra la puerta. No faltaba el típico cabrón que se dedicaba los
domingos por la mañana a colgar cuadros en la pared. Le metía caña al taladro a las
ocho menos cinco de la mañana sin contemplación ni misericordia. Paco se despertaba con la resaca de
la noche anterior y habiendo dormido apenas un par de horas y se cagaba semana tras semana en
sus vivos y en sus muertos.
Cuando iba al super a comprar Xibecas era escudriñado por mirillas y puertas entreabiertas y
cuestionado y abucheado luego en reuniones fortuitas en el rellano de la entrada por marujas
ociosas que no tenían nada mejor que hacer.
No sin nombrar se podía quedar el tipo del perro, que lo tenía atado en la galería y el pobre animal
se pasaba el día y la noche ladrando y jodiendo y tocando los cojones a base de bien. Le tenían harto,
Paco era una bomba de relojería que no tardaría en explotar.
La detonación no tardó en llegar.
Era navidad y los vecinos decidieron, o mejor dicho acordaron, poner un precioso árbol de navidad
en la entrada. Quedaba muy bonito y precioso con sus lucecitas, sus figuritas, sus adornitos y sus
mariconadas. La cara oscura y amarga era que aquello costó un pastón, por el arbolito de los cojones
pagaron cada uno tres billetes: una estafada soberbia.
Paco no pudo más y como se suele decir, tomó cartas en el asunto. Aborrecía a esas personas inmundas
y miserables que se hacían llamar sus vecinos, les tenía declarado un odio a muerte. Y así pasó
lo que pasó.
Paco hizo carteles convocando a la gente a una urgente reunión de vecinos. Los pegó en el ascensor y
en las escaleras, no hubo paleto no analfabeto que no los leyera. Los reunió a todos en el cuarto de
máquinas, al lado del garaje. Era una habitación estrecha y polvorienta, idónea para un asesinato en
masa (o en grupo, como prefiera uno llamarlo y dependiendo siempre del tamaño del rebaño a aniquilar).
Paco, retorcido, rabioso y corroído de rabia tras meses de aguante, lo tenía todo muy bien planeado.
Cuando estuvieron todos ahí metidos cerró la puerta con candado desde fuera. Los vecinos, pasmados
y confusos, se limitaron a poner cara de gilipollas y estupefacción y no hicieron nada más: fatal error.
De pronto un humo amarillento comenzó a brotar de los respiraderos. Apestaba a raro, apestaba a muerte.
Aquello era gas mostaza, Paco había soltado el grifo y desde una situación privilegiada todo lo
controlaba y dominaba. Los vecinos, engañados y encerrados, se retorcían por los suelos presos de la agonía,
su tormento acababa de empezar.
Cuando Paco vio que ya nadie se tendía en pie cerró el grifo y el gas amainó. Entonces la puerta se
abrió y los pocos que pudieron levantar la cabeza entre toses y dolores no vieron más que el calvario
al que a continuación iban a ser sometidos. Cuatro fornidos Rotweilers fueron introducidos en aquel
cuarto por una mano perversa, las bestias entraron a lo tornado y comenzaron a desgarrar carnes y
a propagar dolor y muerte. La muchedumbre vecinal se vio abocada a un tormento sin nombre: el gas
letal colapsaba sus pulmones y venas y les retorcía los huesos y las entrañas y los cancerberos del
diablo les masacraban y laceraban las carnes como si de monigotes se trataran.
Aquello tuvo un desenlace dramático a la par que predecible: todos fueron horriblemente desgarrados y
muertos.
Y a partir de entonces Paco tuvo el edificio entero para él solito ya que corrió el absurdo rumor de
que estaba maldito y nadie quiso ir a vivir allí. La jugada le salió que te cagas de bien, bravo por él.
FIN
vOtaR esTa histoRia
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