ATUN EN LATA


Había una vez un niño que se llamaba Robertito. Era un caprichoso, un borde y un cabrón. Su madre le mimaba y le malcriaba a saco, y así salió. Tenía todo lo que quería, sus padres fueron los únicos herederos de un adinerado terrateniente quien en vida amasó una tremenda fortuna. Ahora estaban forrados, se limpiaban el culo con billetes de cinco mil. Siendo así, no era de extrañar que Robertito fuese un consentido.
Esto hacía que en la escuela le odiasen. Iba de prepotente, chuleando y fardando. A los otros niños les rastregaba por la cara todos sus juguetes y sus mierdas. Era un niño realmente estrangulable.
Robertito era gordito, con careto de mala leche y peinado con ralla en el costado. Llevaba siempre unos pantalones de pana marrones y unos tirantes rojos. Despertaba repugnancia y ansias de asesinato allá por donde pasaba.
Con el paso del tiempo también sus padres le empezaron a coger manía. Le compraban todo lo que quería para que callara y les dejara en paz, no podían verlo ni en pintura.
Decidieron hacer un viaje de un par de semanas para perderlo de vista, vivir con él se había hecho insoportable. Iban a ir a alguna isla exótica a nadar en playas de transparentes aguas y a follar bajo las palmeras.

- Yo también quiero venir - la frase fatídica no se hizo esperar.
- ¡Y una mierda niño!, tú te quedas aquí con tus abuelos - otra frase fatídica que saltó al ruedo para contrarrestar a la anterior.

Aquella descarada maniobra de abandono le sentó a Robertito como un clavo tras la rodilla (o en el sobaco). Genio y figura del berrinche, decidió emprender entonces una temible campaña de represalias. No comía, no bebía, no hablaba, iba rebotado por los pasillos de su casa, murmurando insultos en voz baja cada vez que sus padres decían algo y frunciendo el cejo cuando le miraban. Cerca estuvo su padre de cruzarle la cara en más de una ocasión pero se reprimió al pensar en el viajecito que le esperaba a él y a su mujer, aquello iba a ser genial.


Robertito no se salió con la suya, ni encabritadas ni chantajes emocionales, todas sus rastreras estratagemas se vieron desbaratadas por la indiferencia de sus padres.
Pero él no estaba dispuesto a perder, la palabra derrota no figuraba en su vocabulario. Tramó un retorcido y astuto plan: instantes antes de que sus padres partieran fue a su habitación y se metió dentro de una gran maleta. Luego la cerró por dentro (desde donde por cierto, no se podía abrir).
Hijos de puta, pensaba, sólo con pensar en el careto que vais a poner al abrir la maleta ya me cago de gozo.
Tuvo que hacer algunas contorsiones para meterse ahí. Al principio iba bien pero conforme pasaron las horas se le fueron hinchando brazos y piernas. Estaba torcido y mal, las empezó a pasar canutas, le dolía todo.
Cuando llegó el momento metieron las maletas en la avioneta y despegaron. Durante los primeros tramos de trayecto Robertito tuvo que soportar la insultante conversación de sus padres:

- Por fin nos libramos, aunque sea por unos días, del niño de mierda ese.
- Ni que lo digas, vaya mocoso cabrón. Es un hijo de puta, siempre está pidiendo y pidiendo, le odio.
- Sí, yo también. Pero bueno, es la cruz con la que tenemos que cargar, no le demos más vueltas.
- Si algún día alguien le pega una paliza y le mata lo celebraré descorchando una botella de mi mejor champán.
- No caerá esa breva.
- Nunca se sabe. El otro día fui a hablar con su maestra y me dijo que en el cole todo el mundo le odia. Con un poco de suerte los niños de su clase le lincharan en un oscuro rincón del patio y nos libraremos de él.
- Diós te oiga.

Robertito no lo podía soportar más. A esta terrible tortura psicológica se le unía el no menos terrible calvario físico. Ya no se notaba los brazos ni las piernas, los dedos se le habían empezado a gangrenar por falta de riego. Estaba comenzando a arrepentirse de haber decidido jugar a los polizontes. Pero ya no había vuelta atrás, hacía rato que habían despegado y no podían tardar mucho en llegar a destino.
Finalmente divisaron la costa de las islas. En esas que una fatídica racha de viento (qué decir de ella que ya no sepáis) desestabilizó el cacharro. Su padre, cuyos conocimientos de pilotaje en avioneta eran nefastos, forzó la palanca de dirección como un cerdo. Se la cargó. Vaya putada, se iban a estrellar.
Tuvieron suerte, se estamparon a unos doscientos metros de la costa. Los isleños vieron el accidente y enseguida fueron en su ayuda con botes de madera. Les cargaron antes de que la avioneta se hundiese.

- ¡Espera, cojamos las maletas que podamos!- Hasta los cabrones como Robertito tienen suerte a veces.
- ¡Hostia!, vamos a coger esta que pesa un huevo. No recuerdo lo que metí ahí pero seguro que es caro.

Pudieron salvar cuatro maletas, el resto del equipaje se fue a tomar por culo junto a la avioneta. A ellos no les importaba, estaban forrados, comprarían otra.
No pasaron ni un día en la isla. Llevaban el susto en el cuerpo, necesitaban volver a casa a descansar. Cogieron otra avioneta y regresaron a su hogar.
Había sido una experiencia traumática, estaban exhaustos. Decidieron dejar las maletas amontonadas en el garaje, ya las desharemos mañana, pensaron. Se extrañaron de que Robertito no estuviese en casa, los abuelos dijeron no saber nada de él.

-¿Dónde se habrá metido ese pequeño bastardo? - se preguntaban.

Por la mañana fueron a jugar al escuash, siempre da palo deshacer las maletas, casi tanto como hacerlas.
Por la tarde, después de comer, se pusieron manos a la obra.
Primero abrieron las más pequeñas, era todo ropa y objetos del baño, lo típico. La buena mujer madre de Robertito aún no recordaba qué había metido en aquella maleta tan grande para que pesara tanto.
Robertito no había acudido tampoco a comer, empezaban a dar al pequeño hijo de puta por perdido.
Y fue entonces cuando su madre abrió la maleta que quedaba:

- ¡Hostia puta! - exclamó - por eso pesaba tanto, ahora recuerdo que en el último momento decidí llevarme la cubertería de plata por si nos entraban a robar.
- Tú también es que eres la hostia, ¿dónde vas con eso?, si nos la roban ya compraremos otra.
- Es que tiene valor sentimental joder, era del abuelo.
- Pues bueno, vale. Oye, y Robertito, ya empiezo a hacerme ilusiones, ¿dónde coño se habrá metido?

A veces los cabrones tienen suerte, pero otras muchas no. Robertito estaba ya en el fondo del mar, matarile-rile-rile, en el fondo del puto mar, matarile-rile-ro.

FIN

vOtaR esTa histoRia