MUERTE EN EL BOSQUE


Había una vez una familia que vivía contenta y feliz en su cabaña de madera. Papá, mamá y tres hermanos, estaban en plena sierra de los Andes (aprovecho para decir que no sé por dónde coño cae eso).
Un día decidieron ir a pescar al río, fatálico suceso el que allí les aguardaba. Uno de ellos vio una trucha de veinte kilos (de esas que están en las desembocaduras de las cloacas en los ríos y se pasan el día comiendo zurullos). Al intentar cogerla hizo un mal gesto y resbaló. Pero resulta que una pierna se le había quedado trabada entre dos rocas. Se pegó una hostia terrible pero lo más atroz fue sin duda la suerte que corrió su rodilla: se le quebrantó a lo masivo. Dio la misma sensación que cuando retuerces dos huesos de pollo para reventar la articulación y separarlos. El desafortunado muchacho empezó a chillar como un cerdo aplastado por una mesa de billar de 250 kilos. Sus hermanos le ayudaron enseguida. Le arrastraron hasta la orilla y trataron de calmarle. Pero no lo conseguían, el tipo seguía histérico perdido. Quisieron dejarle inconsciente y para ello no se les ocurrió otra cosa que pegarle un puñetazo en la cara (sí, como en las películas). Cuál fue su desengaño al ver que lejos de hacer perder el conocimiento a su hermano lo único que consiguieron fue fracturarle la mandíbula. Acto seguido pasaron a mayores. Uno de ellos levantó un pedrusco y mientras los otros sujetaban al herido se lo estampó en la cabeza. Ya os podéis imaginar el resultado. Bueno, os lo podéis imaginar pero seguro que muchos de vosotros no acertaréis. Resulta que el tipo que estampó la piedra tenía bastante mala puntería y se la tiró a uno de los que estaban agachados sujetando. En todo el cogote. Le machacó toda la parte posterior de la cabeza, murió en el acto. Aquel amable día de pesca se estaba calvarizando1 por momentos. Todos se quedaron pálidos y callados, excepto uno, el de la rodilla petada, que no cesaba en su berreamiento. Y es que no era para menos, la herida había comenzado a gangrenarse. Más tarde los médicos descubrirían que aquello era una nueva modalidad de gangrena. La bautizaron como gangrenae instantanium debido a la extrema rapidez con la que se presentaba al lugar de los hechos. Pero bueno, eso fue más tarde. La cuestión era que había que amputar como fuese. No tenían a mano nada excesivamente cortante, la situación era límite.


En ese momento se unió a la fiesta un inesperado (e indeseado) invitado. Un oso gris de seis metros de altura y doce toneladas de peso canal emitió un rugido que los dejó a todos peinados. Chorreaba saliva por todas partes, había venido a aportar su granito de fatalidad. Tenía los ojos rojos y las uñas negras y atiborradas de enfermedades contagiosas. En un fatálico alarde de improvisación un hermano (el único que quedaba sano) decidió poner la pierna gangrenosa del herido en la boca del oso. Así éste se la amputaría y todo resuelto, mataba dos pájaros de un tiro, adiós pierna y adiós oso. Acercó a su maltrecho hermano hacia aquella bestia atroz. Pero no calculó bien (típico y previsible a más no poder (como el título de esta historia por cierto)). El animal optó por soltar un zarpazo. Le arrancó la cabeza al herido, ésta fue a para el río, las truchas come-zurullos se la papearon en un santiamén.
Quedaban el hermano sano y los dos padres. A la madre le cogió una lipotimia cuando lo del pedrusco, desde entonces estaba tirada por el suelo como una rata envenenada. El oso hizo lo que quiso con ella: nadie se merece una muerte así. El ensañamiento fue mayúsculo, en algunas versiones del cuento podréis leer que hubo incluso violación, yo, particularmente, no me lo creo. Cuando terminó, para nada el cuerpo de mamá parecía humano. Era como una albóndiga sanguinolenta gigante, pocas veces se ha visto algo así sobre la faz de la tierra como para que haya habido alguien que haya inventado palabras para describirlo. Aquel oso no tenía hambre, sólo tenía ganas de reventar y desgarrar. Más tarde los médicos (sí, los mismos que los de la gangrenae instantanium) descubrieron que al oso le había caido una piña en la cabeza y que por eso se había vuelto medio loco y actuaba así. Pero bueno, eso fue más tarde.
El padre y el hermano que quedaban estaban atónitos, reaccionaron de la peor entre las peores maneras:

– ¡Quedémonos quietos, así no nos verá!

Iban en plan Jurassic Park. Pero aquello resultó no ser una peliculita de mierda. La bestia fue directamente hacia ellos, en plan estampida. Cuando la tenían a menos de cinco metros y ante la terrible obviedad de que estaban siendo vistos decidieron cambiar de táctica y echar a correr. Fue demasiado tarde para el padre, a quien el oso embistió por la espalda y le fracturó la cadera y todas las costillas menos una (curiosa fractura, dijeron los médicos). No podía andar, la llevaba clara. La gangrena se lo comió vivo.
El hijo fue acorralado por el animal en un rincón de bosque. Allí, entre muérdagos y madreselvas, fue zarpeado y reventado a placer, encontró sin duda la muerte.
Moraleja: ¿dónde diablos están los médicos cuando se les necesita?.

FIN

1 esta palabra no existía hasta hoy

vOtaR esTa histoRia