EL CAZADOR CAZADO

(ADVERTENCIA A LOS NIÑOS: LOS REYES MAGOS SON LOS PADRES)


Había una vez un fulano llamado J. Fernández. Era un miserable y un despreciable. Trabajaba en un banco, se pasaba todo el santísimo puto día revolviendo papeles y hablando por teléfono. Ese era su trabajo, mover los hilos desde su sillón, jugar con el dinero de la gente. Era una de las ratas más gordas y peludas que te puedes tirar a la cara. Eso sí, rata con traje y corbata que se abría paso con su maletín por entre las altas esferas de la sociedad moderna. Intragable.
Llegado el fin de semana, Juanito ratapeluda Fernández necesitaba liberar toda la tensión acumulada durante los últimos cinco días, el estrés le acechaba como un buitre a un cordero cojo, tanto papeleo y despacheo volvían loco a cualquiera, tenía que desconectar. Y al muy hijoputa no se le ocurría otra cosa que ir a cazar con sus amigotes abogados y empresarios. Se iban a su puto monte, con sus putos cepos y sus putas escopetas a pasar el rato perdigoneando a la fauna local. Ciervos, conejos, perdices, ardillas e incluso gatos, lo acribillaban todo.
Iban indumentados hasta los cojones: trajes de camuflaje anti-radar, escopetas de titanio con mira telescópica, sombreros de diseño francés con exóticas plumas de faisán incluidas y un machete que hasta el mismísimo Rambo hubiese querido para sí. Era lo más destructivo y rastrero que os podáis imaginar. Herían a un animal y cuando lo acorralaban empezaban a tirotearle haciéndose los machos, creiéndose más hombres. En realidad era patético.
Igual hacían con los cepos: los ponían en el suelo bien camuflados y los dejaban. Al volver a la semana siguiente miraban si había quedado algún animal enganchado y si era así, lo acribillaban entre todos a lo bestia, sin ton ni son. Así eran felices. Les ayudaba a sentirse hombres y además podían ir contando por ahí que practicaban un deporte (¿deporte?).
Cabezas de ciervo amputadas decoraban la pared del salón del lujoso chalet de J.Fernández. Le gustaba contemplarlas copa de jerez en mano, sentado en su sillón granate, mientras contaba a sus hijos cuan beneficioso fue Franco para este país y la importancia de la cultura española en el devenir de la historia del mundo. Realmente Fernández era un sujeto altamente odioso.
Pero un fin de semana su suerte cambió. Ninguno de sus colegas compañeros de crimen podía salir aquel domingo, tenían todos compromisos ineludibles (¿el destino quizás?, quién sabe). La cuestión es que J. Fernández se fue solo a cazar. Y pasó lo que pasó.
Iba pululando por entre los matorrales cuando de pronto metió la pata. Y la metió de lleno en uno de sus propios cepos, lo había colocado él mismo la semana pasada. El dolor fue desgarrador, aquellos voraces dientes de hierro le apresaron la pierna con extremo salvajismo. De nada le había servido su traje de pastón y su gruesa capa de grasa, el cepo lo había atravesado todo y estaba incrustado en el hueso a más no poder.
J. Fernández se tiró unas cuantas horas ahí, berreando como un cerdo, pero nadie le oía. Había perdido mucha sangre por lo que estaba débil, él solo no podía abrir la trampa, necesitaba ayuda.


La pierna herida empezaba a tener mala pinta. Tras dejar atrás el morado y el amarillo, un color azul-verdoso comenzó a amanecer en sus carnes. No hacía sino presagiar lo que se le venía encima.

- ¡Buenas tardes señora gangrena!
- Muy buenas tardes señora pierna cercenada, ¿me llamaba usted?

Fernández no lo podía creer. El móvil no funcionaba, no había cobertura (típico a más no poder) y nadie a su alrededor oía sus gritos y chillidos.
Un tenue pero alarmante olor a podrido comenzó a fluir por el aire. Diós mío, ¿por qué me haces esto a mí?. Típica pregunta que se hace uno en plena impotencia y desespero. ¿No te has parado a pensar, maldito gordo, que igual es que te lo mereces?. Menos suplicar y más apechugar.
Sea como fuere, Fernández la llevaba clara.
Pero lo peor estaba aún por venir. Algo había entre las zarzas, observando, al acecho. Era un lobo. Y otro. Y otro. Una manada de lobos había dado con él.

- ¡Hijos de puta, dejadme, marchaos de aquí!. ¿No veis que estoy herido e indefenso?, ¿no seréis tan canallas verdad?

Sin duda alguna Fernández estaba tomando de su propia medicina. Bueno, más que tomando, se estaba atiborrando de ella.
Le devoraron vivo. Tardó mucho en morir, demasiado. Esas miradas de voracidad y de rabia, esos colmillos desgarrando su carne, eso fue lo último que sintió antes de la ansiada pérdida de conocimiento.
Lo único realmente lamentable de lo acontecido aquel domingo fue que los lobos no tuviesen un gran salón en cuya pared colgar lo que sin duda alguna era la cabeza del animal más salvaje de todos.

FIN

vOtaR esTa histoRia