A CIENCIA CIERTA


Había una vez un mundo muy parecido al nuestro. Allí vivía mucha, mucha gente. Entre todos ellos había un chaval llamado Cinto (de Jacinto) que no era muy normal. De hecho, era subnormal. Físicamente Cinto estaba hecho un desastre desde el día en que nació (maldito fue ese día para él y para toda su família). No tenía brazos ni piernas, casi tampoco tenía cuello y con el único ojo que tenía casi no veía nada (tenía unas ciento diez dioptrías de esas). Tenía sellados nariz y boca por lo que respiraba por un boquete que el médico le abrió en la garganta (colega del hijoputa que al hacer la ecografía dijo que todo iba viento en popa, que iba a ser un niño precioso). Comía papilla, se la metían por el culo con una sonda. Realmente estaba para el arrastre. Mentalmente tampoco defraudaba. No se sabía muy bien si Cinto era inteligente porque no podía hablar ni escribir ni nada, pero todo apuntaba a que era bastante retrasadillo puesto que debido a una deformación cefálica su capacidad craneal se había visto mermada al veinte por ciento del volumen normal. Tenía la cabeza pequeñita, pequeñita, o sea que muy listo no podía ser.
Veinticuatro años le contemplaban ya. Veinticuatro años postrado en esa cesta de mimbre con la que le transportaban de aquí para allá; veinticuatro años emitiendo gruñidos y pegando infructuosos saltitos; veinticuatro años con una sonda metida en el culo; veinticuatro años de calvario y condenación.
Veinticuatro años hacía que su madre le había parido; veinticuatro años y unos meses desde que se tomó aquella botella de lejía para intentar suicidarse cuando estaba embarazada; veinticuatro años teniendo que ver cada día al levantarse el rostro del que había sido el más grabe error de su vida; veinticuatro años cargando con las consecuencias, con el remordimiento y el tormento.
Veinticuatro años hacía desde aquel momento en el que a su padre le comunicaron la noticia. Estaba en la sala de espera del hospital. Supongo que pensaréis que estaba quemando cigarrillos como un abuelo1.Pero no, no estaba fumando. Lo había dejado hacía ya meses para no contaminar el ambiente de la casa ni al niño, al recién llegado que tanto había estado esperando. Lo que no sabía era que por mucho que no fumara el mal ya estaba hecho, la botella de lejía que se había tragado su mujer en pleno embarazo iba a pasar factura. Claro que a su mujer no le hizo efecto y no la mató, porque la lejía fue a parar toda al feto. El feto sí que la bebió, joder que si la bebió, estuvo bañado en lejía durante varios meses. Si no le llegan a sacar de ahí se desintegra completamente.
El momento fue traumático, de los que no se olvidan. El padre tenía que hacer esfuerzos para no cagarse encima de los nervios que tenía, aquella claustrofóbica sala de espera le estaba matando. El doctor salió por una puerta que no era la habitual. Normalmente salían por la puerta del centro, esa contrachapada y con un par de inútiles ventanillas opacas. Y se dirigían al padre y le daban la enhorabuena. Pero en aquella ocasión no fue así. El doctor salió por una discreta portucha blanca que había junto a un cubo de fregar y a una pila de cajas de cartón en cuyo costado se podía leer: FRAGILE, y unas flechas señalando: "este lado hacia arriba". Estaban boca abajo. Sin duda alguna, aquello no inspiraba confianza. Era la puerta de atrás, la puerta de las malas noticias.

- Señor, ha habido algún problema.
- ¿Y mi hijo?, ¿está bien?, ¿qué coño pasa doctor?. ¡Doc, hable de una vez o le asesino!
- Tranquilo señor, su hijo está vivo...- alivio -...por desgracia. - escalofrío.
- ¿Cómo que por desgracia, me está bacilando doctor?
- Su hijo sufre grabes alteraciones, está bastante mal. De hecho, ronda la frontera de lo humano, es abominable.
- ¡Diós mío, nooo!

Duros momentos para el padre de Cinto, cada vez que los recordaba se estremecía y se dirigía al mueble-bar más cercano, un par de tragorros de whisky, eso le ayudaba.
Pero bueno, veinticuatro años eran mucho tiempo, aquello ya era insostenible, tenían que hacer algo. Fue una penosa decisión pero finalmente la tomaron: iban a deshacerse de Cinto.
Su padre cogió la canasta de mimbre, le metió dentro y se fue al aeropuerto. Cuando sobrevolaban un gran continente helado (parecido a lo que nosotros llamamos polo sur) abrió la compuerta de emergencia y lanzó la cesta. Ésta se incrustó en el hielo.
Allí, en medio de ninguna parte, a dos mil grados bajo cero, Cinto murió congelado en décimas de segundo.


Pasaron los años y las décadas y sus padres lograron rehacer su vida. Tuvieron otros hijos, todo iba de puta madre.
En esas que un buen día... ¡oh, diós mío!, un gran meteorito se acercaba al planeta a gran velocidad. No tuvieron tiempo ni de decir mierda cuando el meteorito se estampó de lleno contra ellos. Se extinguieron todos como ratas.
Pasaron aún más años. El polvo levantado por el impacto se asentó y como se suele decir las aguas volvieron a sus cauces.
Tuvieron que pasar milenios para que otra forma de vida pensante llegara a aquel planeta de mierda. Llegaron con sus naves y sus mierdas, mucho despliegue, como en las películas. Era una especie civilizada y avanzada, pero tampoco no mucho, no os creáis. Colonizaron el planeta. Se instalaron en él y escudriñaron hasta el último rincón de aquel su nuevo hogar.
En esas que saltó la alarma: ¡Hostia!, hemos encontrado un espécimen congelado de los anteriores pobladores de este planeta. Se revolucionó el mundo entero, los científicos se tiraban de los pelos de sus ilustres barbas mientras veían como todas sus incuestionables teorías saltaban por los aires:

"los antiguos pobladores de este planeta no tenían brazos ni piernas, y a penas cuello. Los órganos de los sentidos tal y como los conocemos nosotros los tenían atrofiados: ni vista, ni olor, gusto o tacto. Tampoco tenían orejas. Sólo poseían un extraño orificio en lo que debía de ser su garganta. Carecían de pelo o bello en la totalidad de su cuerpo y el tamaño de su cráneo era exageradamente pequeño. Sin duda alguna fue una especie avanzadísima, dominaba por completo el poder de la mente, con ella lo hacían todo (se movían levitando, se comunicaban por telepatía...). Dominaban tanto el cerebro que con un veinte por ciento del tamaño del nuestro ya se bastaban, lo explotaban al máximo, de ahí su reducido tamaño craneal."

También encontraron la cesta de mimbre:

"Se trasladaban mediante sofisticados vehículos hechos con extraños materiales (ligeros pero resistentes al mismo tiempo). ¿El sistema de propulsión?: desconocido. Aún no sabemos qué clase de avanzada tecnología o extraña energía usaban para mover esos trastos. Esta claro que este es el camino a seguir, la tecnología a imitar, la meta a lograr".

Cogieron a Cinto (metido en su cesta) y lo expusieron en un gran museo congelado en un tubo de hielo. La gente se daba de hostias en la entrada para poder pasar y tirarse una foto junto al que para ellos era el último espécimen de la que sin duda fue la especie más avanzada que existió jamás.

FIN
1 como el típico abuelo que sale en todas las conversaciones del tabaco y el cáncer y que nadie sabe si existe pero que todo el mundo dice conocer. "Pues mira, el viejo de tal casa, casado con cual fulana, se mete dos cartones diarios y ya lo ves, está de maravilla y tiene ochenta años".

vOtaR esTa histoRia