EL CRUCIFIJO DE MADERA


Había una vez un niño llamado Robertito. En su familia reinaba una sana tradición cristiana (o católica, ahora no lo sé. De hecho, me pregunto qué diferencia habrá entre cristiano y católico, en este tema soy el más grande de los ignorantes).
Bueno, el caso es que en su casa eran religiosos que te cagas, bendecían la mesa todos los días y daban gracias a cristo antes de acostarse. Por desgracia, vivían en la más mísera de las ruinas, se les marcaban las costillas a todos. En el colegio todos eran conscientes de su situación así que en un prodigio de solidaridad le pagaron entre todos el viaje de fin de curso a Robertito. Fueron a Italia.
El niño no cabía en la piel de lo contento que estaba, aquel país era sorprendente, pero no por lo que allí había (de hecho, una vez allí, aquello era una mierda) sino por lo lejos que estaba de su casa. Robertito sabía que nunca jamás volvería a viajar tan lejos. Estaba en lo cierto.
En esas que pasaron por una tienda de subvenirs. Todos los niños entraron en tromba y empezaron a reventar pasta como cosacos. Se compraron las más increíbles inutiladas jamás imaginadas (gondolitas horribles y esas cosas), la cuestión era dilapidar. Robertito se quedó prendado de un crucifijo dorado que había en el escaparate. Tenía piedras incrustadas y una enorme cadena para poder colgárselo del cuello. Pero era demasiado caro, no podía permitírselo. Se acurrucó en la acera y se puso a llorar al recordar que todo aquello era un sueño pasajero, que la horrible realidad le aguardaba a unos cuantos cientos de kilómetros de allí. Fue entonces cuando un vagabundo1 pasó por su lado y le vio. Casualmente el hombre hablaba español:

- ¿Por qué lloras, niño?
- Perdóneme señor pordiosero pero no me gusta hablar con desconocidos.
- A mí tampoco me gusta hablar con desconocidos hijo, de hecho, no me gusta hablar ni con los conocidos. Me llamo Humberto, ahora ya me conoces, dime pues el porqué de tu llanto.
- ¿El qué?
- Que por qué lloras, joder.
- ...es que me gusta mucho ese crucifijo dorado del escaparate, pero soy pobre y no tengo dinero para comprarlo.
- Nunca jamás digas eso niño. ¿Crees en diós?, pues entonces deberías saber que no tener dinero nunca te hará ser pobre. Pobre es aquel que no posee la capacidad de amar o de respetar, de reír y de ayudar. Tú no eres pobre, tú eres rico, como yo. Si quieres un crucifijo yo te daré uno - se sacó del bolsillo una cruz hecha con palos de madera y atada con cordeles, tope cutre.
- Toma, este es mi crucifijo, te lo regalo. Que la apariencia no te engañe, el verdadero valor de un crucifijo no está en su oro ni en sus joyas, está en tu corazón. Mientras tú tengas fe, nuestro señor te seguirá escuchando, más allá de tu aspecto o el de tu amuleto.
Robertito, abrumado y sorprendido por la sabiduría de aquel viejo polloso de mierda, aceptó el regalo.
- Gracias señor Humberto.

Y tras soltar la parrafada, aquel hombre de mala vida se perdió por entre la muchedumbre, el niño nunca más llegó a saber de él.
Ensimismado, Robertito fue caminando por la acera con la mirada perdida hacia no sabía ni dónde. Cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde, se había alejado demasiado del rebaño, no sabía dónde estaba.
Empezó a pulular erráticamente, sin ton ni son por las calles de Piachenza. Sin reparar en ello, se metió por unos túneles y acabó transitando por lo que él creía que era una vía muerta de ferrocarril. Pero de muerta nada. Estaba asustado: tengo fe, tengo fe, pensaba. Y fue entonces cuando la fatalidad entró en juego. Un enorme tren cisterna (el hermano mayor del camión cisterna, atroz de necesidad) se dirigía hacia él a toda potencia. El maquinista tenía prohibida cualquier maniobra brusca, transportaba no sé qué mejunje biodevastable de extremo peligro. Ante la imposibilidad de pisar el freno, optó por cerrar los ojos y tener fe en que el niño se apartase.
Bertito iba concentrado en sus oraciones, le daba vueltas y más vueltas a lo que el viejo (y polloso de mierda) Humberto le había dicho. Pensar en las palabras de aquel viejo le ayudaba, se sentía más tranquilo, sabía que no estaba solo, que diós estaba junto a él y a su crucifijo de madera, guiándole por el buen camino y protegiéndole.
Pero es que de un tren cisterna no te protege ni diós, ni tu padre; Robertito ni lo vio, ni lo oyó. El tren le arrolló como si de una mierda se tratase.

La cruz de madera que llevaba fuertemente aferrada en su mano saltó por los aires junto a su brazo y parte del tronco. El resto de carnaza se quedó enredada por entre los entresijados bajos de la locomotora. Murió atrozmente. Todas esas chorradas que le contó el viejo Humberto estaban muy bien para pasar el rato pero no dejaban de ser burda charla. Porque la única fe que hubiese podido evitar aquello era la fe en uno mismo. Si el niño la hubiese tenido se habría apartado en lugar de esperar a que alguien limpiara la mierda de su camino. Y si el maquinista, en lugar de tener tanta fe en no sé qué, la hubiese tenido en sí mismo, hubiese tocado la bocina y nada de aquello habría pasado.
Pero ya era demasiado tarde para el niño y para el maquinista, la única fe que ahora les quedaba a ambos era la de erratas.

FIN

1 siempre he pensado que en lugar de vagabundo tendría que llamarse vagamundo pero bueno.

vOtaR esTa histoRia