POR LA BOCA MUERE EL ENTERADILLO


Había una vez un tipo que se fue al bosque a buscar setas. Era un palurdo de gran calibre, a enteradillo no le ganaba nadie (este dato, junto al título de la misma, ya os puede dar una idea de quién va a morir en esta historia).
Iba todo ataviado: iba con su bastón profesional, su puta canastilla de mimbre, sus flamantes chirucas y cómo no, con su imponente y me-lo-cargo-todo gip 4x4.
Se metió por estrechos caminos de montaña burlando a la lamentable vigilancia forestal. Por allí donde pasaba, devastaba. Su super-todoterreno lo arrasaba todo.
Finalmente llegó al lugar que creía él que era el adecuado. Se bajó del coche y empezó la búsqueda. Ponía cara así como de experto y concentrado, miraba fijo hacia el suelo como si lo estuviera escaneando y no se le colara ni un detalle, como si fuera una infalible e impecable máquina de buscar setas. En realidad no sabía ni qué coño estaba buscando, las había visto en el supermercado de la ciudad pero nunca había ido a buscar al bosque. Suficiente trabajo tenía con intentar no pisar ninguna mierda, aquello estaba minado de zurullos descomunales (son de ciervo, pensó. En realidad eran de unos muchachos que habían acampado allí la noche anterior).
Al rato de pulular llegó a un lugar donde había una seta, no sin antes haber pisoteado dos o tres mierdas. Testigo de ello era su chiruca derecha, que llevaba un reborde de mierda de dos centímetros de altura. Se acercó a la seta, despacio, con cautela, silencioso... y la pisó. El muy tarugo no la había visto, estaba tan concentrado en no pisar mierdas que se le pasó por alto la seta. Quedó hecha añicos. Hubiera podido aprovecharse de no ser por el tufo a mierda que soltaba. En efecto, la había pisado con el pie derecho.
Siguió la búsqueda y de repente... ¡cáspita!, hoy debe de ser mi día de suerte. Allí, en un oscuro rincón húmedo y tranquilo, había mogollón de pequeños capuchones. Eran unas setas así como rojas y verdes, con puntos blancos y amarillos y el tronco azul y negro. ¡Qué bonitas!, estas deben de ser riquísimas. Las arrancó de cuajo (experto como nadie) y se las llevó todas. Había por lo menos cuatro kilos, a partir de ahora le iban a conocer como el rey de la seta. Volviendo para el coche vio otras setas pero todas ellas eran de un color rojizo-marrón mucho más discreto, menos chillón. No tenían muy buena pinta, su instinto montañero le decía que eran venenosas. Las pateó y las destrozó todas, ¡qué divertido, yúju!. Subió a su coche y se marchó a casa orgulloso a más no poder. Incluso tuvo tiempo de ver como sus setas brillaban en la oscuridad al pasar por un túnel. Buena señal, seguro que son las setas más ricas del monte.
Al llegar a casa, en un acto de extremo canallismo y avaricia sin igual, decidió esconder sus cuatro kilos de setas de colorines (y fluorescentes) para que sus compañeros no le gorrearan. He tenido que pisar mucha mierda para conseguirlas, los cabrones no van a probar ni una.


Por la noche, cuando no había nadie, las pasó por la sartén y ¡hop, para adentro!. Cuatro kilos se comió él solito, menudo atracón, estaban riquísimas. Miró una película de Jon Wein en la tele y se fue a la cama.
Por la mañana le encontraron tirado en el váter, cadáver total. Tenía la cara un tanto rara: los ojos abiertos como un búho, una mueca extraña como de dolor y agonía y una impresionante cascada de espuma blanquecina emergía de lo más hondo de su garganta y llenaba todo el videt. La piel la tenía de un color así como morado-azul-verde-amarillenta, con las uñas negras. También le salía sangre por los ojos y las orejas (y por el culo). Definitivamente algo le había sentado mal.

FIN

vOtaR esTa histoRia