GRACIAS POR NADA


Había una vez una escuela de monjas. En ella vivían internadas muchas niñas (eran todo tías). Se pasaban la mayor parte del día rezando en la capilla. A las pobres les metían una inculcada terrible. Diós por aquí, el arcángel por allá, la virgen por un lado y los pastorcillos por el otro; todo el puto día estaban igual. Y así les iba, de religión y bíblia sabían un montón pero de lo que era cualquier otra cosa, ni zorra idea.
Las monjas eran muy estrictas: no dejaban toser a las niñas, ni estornudar y ni mucho menos tirarse pedos. Una larga y aburrida oración precedía a todas y cada una de las cosas que hacían, desde comer hasta dormir, tenían que rezar hasta para ir a cagar.
Pero claro, las niñas no se quejaban pues se tragaban todo el rollo ese que les contaban, el lavado de cerebro era total. Creían que si no obedecían a las monjas diós las castigaría o algo. Se lo habían metido hasta el fondo, grabado en lo más hondo de sus cerebritos para que no se les olvidara en su vida, para que siguieran siempre por el camino del señor sin desviarse por los senderos del demonio, llenos de vicios, pecados y placeres prohibidos.
Cuando no tenían a las niñas rezando o en clase de catecismo, las monjas las metían a fregar suelos y a hacer la comida, a cuidar el huerto o a lavar la ropa. Desde luego lo tenían bien montado porque además de no dar golpe los padres de las niñas les pagaban un pastón cada mes por la instrucción y manutención de las pequeñas (en última instancia la culpa de echar a perder la persona de su hija de semejante manera era de los propios padres, las monjas simplemente se dedicaban a vivir del chollo).
Utilizaban las más rebuscadas estratagemas para reforzar la fe de las niñas hacia diós: desde inventar falsos testimonios de milagros - pues sí, a sor Emilia le salió vino de una fuente seca -; hasta pintar por la noche un careto barbudo en la pared con carbón y decir que había aparecido el señor para vigilarlas. Claro, con tanta gilipollez las pobres niñas estaban cien por cien acojonadas.
Una de las putaditas que acostumbraban a hacer las monjas era la siguiente: en el convento había un taller de costura en el que obligaban a las niñas a tejer estampitas y mariconadas. Por la noche, cuando las pequeñas dormían, iban las monjas y tejían unos cuantos puntos más. Luego por la mañana les decían a las niñas:

- ¿Veis?, han venido los angelitos y os han ayudado a acabar la estampita.

Y las niñas se emocionaban que te cagas y rezaban cada noche dando gracias a todo diós.
Pero en todo rebaño siempre hay una oveja negra, o si todas son negras una de blanca, da igual, el color es lo de menos. En el convento había una niña, Fátima se llamaba (sus padres eran católicos pura cepa), que era distinta. Era la maldita oveja descarriada. Fátima no era como sus amiguitas. De hecho, no tenía amiguitas, era una borde. Todo aquello le daba asco, lo encontraba ridículo. Fátima era más inteligente que el resto de niñas y se daba cuenta de que les estaban tomando el pelo como a chinos. Intentaba explicarlo a las demás pero éstas se escandalizaban al oír sus disparatadas ideas. Decían que era el demonio y no sé qué más y se chivaban a las monjas, quienes le infligían severas reprimendas cada dos por tres.
Como ya estaba harta un día decidió desenmascarar el pastel (¿se dice así?, ahora no lo sé). Si los santos, los dioses, las vírgenes y la madre que los parió existían de verdad, ¿por qué no les veían, sentían u oían nunca?. No se lo tragaba.
Se le ocurrió un astuto plan: dejó la estampita a medio coser como cada tarde hacía y se fue a la cama. Pero debajo de la estampita puso un regalito para los angelitos, para esos a los que les gustaba venir por las noches a terminar el trabajo. ¿Una cámara de fotos que se disparara?: ni hablar. Puso un cepo de esos que se ocultan entre la maleza del bosque para cazar osos. La verdad es que aquello estaba puesto allí con toda la mala bají1 del mundo. Si de verdad existían esos pequeños bastardos con alas aquella noche iba a ver a uno de ellos.
Llegó la hora de acostarse y mientras las otras rezaban sus oraciones Fátima pregaba para que su trampa no fallase y para que todo saliera según lo planeado.
Y así fue.
Cuando las niñas ya sobaban las monjitas se encerraban en un cuarto estrecho y oscuro, ese que siempre estaba cerrado a cal y canto y al que las niñas tenían prohibido incluso acercarse - ahí dentro mora el pecado jovencitas, no oséis acercaros. Había una mesa de madera, se sentaban todas alrededor, sacaban el orujo y las cartas y echaban cada timba allí que te cagas. Estaba todo lleno de colillas de faria2 , botellas vacías y la mesa sobrecargada de calderilla (cómo no, jugaban con pasta, mucha pasta). El ambiente era denso. La tensión era casi asfixiante, grandes sumas de dinero desfilaban por esa mesa noche tras noche, los billetajos morados iban de acá para allá. Resulta que las monjitas eran unas viciosas.
Cuando se hartaban salían de ahí medio borrachas y se dedicaban a capullear por el convento. Entonces era cuando hacían las tonterías a las niñas. Aquella noche decidieron ir al taller de costura a tejer un poco.
Llevaban un empanamiento encima que no se lo aguantaban, aquella noche se les fue la mano con el orujo (incluso una vomitó en la fuente de la misericordia). Nada que ver con lo que acontecía allí durante el día, aquello era realmente patético. Llegaron al taller, entraron tambaleándose y una se pegó una hostia contra el canto de una mesa y se cayó al suelo. Todas empezaron a reír, incluso la del suelo. Para qué contar la escena, ya os la podéis figurar. Instantes después una de ellas se encaminó hacia la mesita de Fátima para tejer varios puntos. Al coger con la zarpa la estampita los camuflados dientes metálicos se cerraron de golpe, salvajemente, sin dejar lugar a ningún tipo de esquive. A la monja se le pasó la borrachera de golpe, la sostracada fue terrible. La sangre salía a borbotones por todas partes, el dolor le subía hasta el hombro. La malaputa soltó un berrido que de haber existido su diós, seguro le habría despertado.

- ¡¡¡Hostia puta!!!

La sección de la mano era un hecho, amputación total, tajo limpio. Se desmayó instantes después. Las otras se quedaron de piedra, se les habían pasado las ganas de reír. Nunca habían visto nada semejante, el charco de sangre que se formó rápidamente en el suelo las tenía a todas hipnotizadas. Un par de ellas se desmayaron también y las otras se cagaron encima. El shock era general.
De pronto una voz de niña se clavó en la escena, zigzagueando por entre la histeria que allí reinaba hasta incrustarse en los cerebros de las pasmadas (y borrachas) monjitas:

- ¿Lo veis?, lo que yo os decía, ni angelitos ni nada. Son las malasputas de las monjas. Ellas son las que lo hacen todo, las que nos engañan y manipulan y las que se quedan con la pasta que les pagan nuestros padres.

Era Fátima, y detrás de ella estaban el resto de niñas, que alertadas por el alboroto se habían visto atraídas hacia el lugar del suceso.

- Vamos, - continuó la niña - pensad un poco. Ni dioses ni nada, nos graban todo eso en el cerebro para tenernos siempre controladas, para estar seguras de que siempre hacemos lo que ellas dicen y mandan. Nos hacen rezar durante todo el día para mantener nuestra mente ocupada y que no podamos pensar, pensar en cómo nos están engañando. Nos obligan a dar gracias a diós por todo, pero ¿a caso no nos lo ganamos lo que tenemos?, ¿no somos nosotras las que cultivamos las verduras que comemos o lavamos las ropas que vestimos?, ¿por qué coño tenemos que dar gracias a nadie?, lo que tenemos lo tenemos porque lo merecemos, nos lo ganamos día a día con nuestro sudor. ¿O es que a caso viene diós y la virgen y nos sirven la mesa o nos hacen la cama?. No, lo hacemos nosotras. Lo nuestro y lo de estas cabronas - señalando a las monjas (borrachas y acojonadas)- Ha llegado el momento de abrir los ojos amigas mías, ¡despertad de una puta vez!

El resto de niñas primero dudaron un poco pero es que era tan convincente lo que decía Fátima... no sonaba a cuento chino como lo de las monjas (borrachas), ella tenía razón.
Se echaron en manada encima de las monjas, estaban rabiosas, se sentían burladas y engañadas. La iglesia que las monjas habían levantado en la mente de cada una de las niñas a modo de sucursal de su propio negocio acababa de derrumbarse, el trabajo de todos esos años por los suelos.
Puñetazos, patadas, zarpazos y mordiscos. La paliza que les pegaron fue tan salvaje como merecida. Ni la amputada se libró del reparto de hostias. Tres monjas murieron (una por intoxicación etílica) y el resto quedaron severamente lisiadas.
Las niñas espabilaron y se buscaron la vida lejos de ese turbio mundo de la religión. Ahora viven felices y contentas y no se lo deben a nadie más que a ellas mismas.

FIN

1 mala bají: mala intención, mala leche, maldad pura y dura.
1 faria: un purito, ni más ni menos.

vOtaR esTa histoRia