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DE HOSTIA EN HOSTIA Y TIRO PORQUE ME TOCA
Había una vez un hombre llamado Tomás. Acababa de levantarse de la cama, se estaba
lavando la cara en el váter. Él no lo sabía, pero el destino le tenía preparada una
sorpresa, a Tomas hoy le esperaba un mal día.
Al salir del lavabo, ¡hostia!, tropezó con una alfombrilla de esas que había por
el suelo y se torció el tobillo. Le dolía horrores, se le puso el pie como una bota
en cuestión de minutos. Pero tenía que ir al trabajo, no podía fallar. Era un ejecutivo
de alto estánding, ese pequeño contratiempo no podía impedirle faltar a su trabajo.
Se calzó el zapato a presión. Para ello tuvo que atiborrarse de calmantes y sedantes,
el dolor era insufrible. Cuando salió de su casa iba grogui, con tanta pastilla
llevaba un colocón tremendo.
Al acercarse al ascensor vio que había una nota en la puerta.
Estaba pegada a lo cutre, con celo, medio torcida. Le daba mala espina a tope.
O era una reunión de vecinos (siempre tensas y odiosas) o lo peor, lo fatálico,
lo nefasto. Se acercó un poco más y leyó el cartel: efectivamente, era lo nefasto.
Estaba escrito a bolígrafo, precipitadamente y con mala letra: NO FUNCIONA. Hijos
de puta, pensó. Se cagó en todos los vecinos de aquella escalera (aunque ellos no
tenían culpa alguna), les odiaba. Acto seguido se dispuso a bajar los ocho pisos
de escaleras ranqueando y jadeando. Ardua tarea sin duda, iba más cojo que un
taburete artesanal.
Cada peldaño que bajaba era un suplicio para su tobillo , las estaba pasando putas.
Pero es que aún no sabe ni cómo, Tomas hizo un mal gesto que resultó fatálico.
Se pegó una hostia tremenda. Fue cayendo escaleras abajo. Bajó tres pisos así, hostiándose
y revolcándose. Por fin se detuvo en un rellano. Lógicamente estaba inconsciente,
el conocimiento le saltó de la cabeza al darse contra el canto de un escalón.
Al cabo de cinco minutos despertó. Contusionado y magullado, se levantó y siguió su
camino hacia el trabajo, no podía faltar.
Salió del edificio y fue entonces cuando se percató de la anómala posición que había
adoptado su brazo izquierdo. Llevaba la mano en el bolsillo pero el codo lo tenía
tocando al cuerpo. No podía moverlo. Se subió la manga y vio que lo tenía todo
enreboltillado1. Sin lugar a dudas estaba roto.
Prosiguió su camino.
Tomas iba por la acera casi reptando, a dos metros por hora. Teniendo en cuenta que además
iba todo despeinado, con la ropa hecha trizas y lleno de sangre y moretones, no es de
extrañar que mucha gente le tomara por un zombi. Unos niños, gamberretes ellos, le
apedrearon desde el patio de una escuela. Malditos cabrones, tenían más puntería
de la que Tomás imaginaba, uno de sus proyectiles le alcanzó la sien. Se quedó tumbado
en la acera inconsciente durante un par de minutos más.
Al levantarse se llevó la mano a la cabeza y tocó el horrible bulto que le había
salido en el lugar de la pedrada. Amenazó a los niños esos - ¡os voy a degollar, niñatos! -
y siguió andando.
Llegó a su coche, se subió en él y arrancó.
Estaba parado en un semáforo cuando por el retrovisor vio como un gran camión cisterna,
aparentemente fuera de control, se dirigía hacia él. Tenía un brazo inútil y el otro se
lo apresaban el pánico y el horror. ¿Qué hizo?, pues está claro, se cagó encima, nada más.
El camión arrasó todo cuanto encontró, fue una tragedia terrible. Empotró el coche de
Tomás contra una tintorería. Nuestro amigo quedó machacado y apresado entre los amasijos
de su opel corsa ciritione.
Tenía el careto empastrado contra el volante y la suerte quiso que el airbag se disparara
en aquel justo momento. Le impulsó violentamente la cabeza hacia atrás, el cogote le
hizo un catacroc sospechosísimo (ocho con nueve en la escala Dureiev2).
Perdió el conocimiento por tercera vez en lo que iba de día. Mejor para él porque eso
le salvó de enterarse de lo que vino a continuación.
Resulta que el combustible que transportaba el camión se había esparcido por todas partes,
la fatalidad era inminente. En un abrir y cerrar de ojos todo comenzó a arder. Luego
hubo una fuerte y devastadora explosión. Todo quedó calcinado: comercios, árboles,
papeleras, coches, fulanos atrapados entre los amasijos de los coches... todo chamuscado.
En ese sentido Tomás tuvo suerte, sobrevivió a la tragedia. Llegaron las ambulancias.
Los enfermeros le tuvieron que arrancar de las zarpas del forense, quien ya le estaba
sobando y manoseando, intentando determinar la causa de la muerte.
- ¿Qué coño hace buitre?, ¿no ve que aún respira?
Le metieron en una camilla, le enchufaron los goteros a pares (docenas de ellos)
y se lo llevaron.
De camino hacia el hospital, el motor de la ambulancia hizo un ruido raro y dijo basta.
Una densa humareda blanca proveniente de debajo del capó anunciaba su jubilación.
Los enfermeros se acojonaron vivos, más que nada porque el coche se había detenido
justo encima de la vía del tren. Bajaron e intentaron apartarlo de ahí, pero no podían.
Se había atascado y no tenían suficiente fuerza para empujar. Decidieron largarse
a pedir ayuda (en realidad se largaron para no verlo). Minutos después de irse
las barreras descendían lentamente al tiempo que una alegre campanilla anunciaba el
inminente paso de un tren. Era un tren enorme de esos que transportan coches. Iba
a toda máquina, una mole imparable. Tomás estaba en la camilla, dopado hasta el culo,
ajeno al revolcón del que iba a ser objeto.
El tren arrolló la ambulancia, la destrozó como si de papel fuera. Media hora tardaron
en llegar los bomberos. Recogiendo los restos del coche hicieron un sorprendente hallazgo:
- ¡Hostia mira!, aquí hay un cuerpo.
Era el de Tomás, había ido a parar entre las zarzas, tenía una sirena incrustada en
la riñonada.
- ¡Cágate tío, aún respira!
Le cogieron con pinzas y le trasladaron a un prestigioso hospital. Allí le desincrustaron
la sirena y le limpiaron el culo, que lo tenía cagado desde que vio venir al camión
cisterna por el retrovisor.
No sabían dónde ponerlo: en la unidad de quemados (tenía la práctica totalidad de
su cuerpo calcinada), en la de traumatología (todo él era un gran hematoma fracturado)
o en la de neurología (tenía la médula hecha trizas a la altura del cogote a resultas de
la tontería del airbag). Le metieron en una UCI lleno de tubos, chismes, sondas y poleas.
En la mismísima puerta de la UCI una larga cola de abogados, notarios, curas y forenses
se peleaban por ver quién era el primero que entraba a chupar la poca sangre que le
quedaba a ese infeliz. Eran como una manada de hienas hambrientas esperando a que
el médico diese el pistoletazo de salida y les dejara entrar a devorar la carroña
que había postrada sobre esa camilla.
Con el paso de las horas su situación se estabilizó. Se estabilizó en lo nefasto claro,
estaba permanentemente en estado crítico, terminal, lo que los médicos bautizaron como
estado de semi-muerto.
Llegó la noche. La enfermera del turno de noche le pegaba al carajillo a base de bien.
Casualmente había allí una máquina de cafés dispuesta a tal efecto. Con la
taja3 que llevaba se dejó el grifo del gas abierto.
No sé qué gas era exactamente pero en las bombonas había un montón de pegatinas de
alerta (dibujos de calaveritas y llamas rojas y esas cosas) junto a enigmáticos
mensajes en inglés: CAUTION, FATALIC EXPLOSIVE GAS
O algo.
Cuando la enfermera decidió rematar la faena fumándose un purito todo aquello saltó
por los aires. La explosión lo devastó todo. Tomás se vio amputado de cintura
para abajo. Las piernas se llevaron la mejor parte pues fueron a para contra la pared,
el suelo frenaría su caída. No así sucedió con el resto del cuerpo. Salió disparado
por la ventana, violentamente despedido a decenas de metros del hospital. La UCI
estaba a la nada despreciable altura de diez pisos. El semi-cuerpo de Tomás (que estaba
en estado semi-muerto) cayó al vacío.
Se estampó sobre el duro cemento de la calle. Pero lo hizo medio de lado, las costillas
pararon milagrosamente el golpe. La fractura fue masiva y total pero por lo menos seguía
vivo.
¿Dónde estoy?, se preguntaba.
Había ido a parar a un recinto cercado por una valla. Era como no sé... como una jaula.
Decenas de ojillos brillaban en la oscuridad reflejando la luz que desprendían las
llamas del hospital. Pronto se dio cuenta, aquello era la perrera, había ido a parar a
una jaula de la maldita perrera. Lo que él no pudo leer fue el cartel fosforito que
colgaba de la verja:
DANGER, RABIOSE DESGARRATION DOGS
Venía a decir algo así como: manténte alejado o muere.
En cuestión de segundos una jauría de perros descarriados se le echaron encima y
le reventaron vivo. Estuvieron restregándolo por la jaula durante casi dos horas,
dos horas sin perder el conocimiento en ningún momento, calvario puro y duro.
Al cuidador de la perrera le costó diós y ayuda arrancar a Tomás de las fauces de aquellos
voraces animales. Ahora sí que estaba para el caldo, hecho una auténtica masa de
carne caótica y desgarrada. Lo puso en un cubo y se lo llevó de nuevo al hospital.
Tomás seguía consciente, pero había perdido mucha sangre (casi toda), necesitaba ayuda.
Al llegar a urgencias había una cola terrible, tardaron tres horas en atenderles.
El cuidador les dio el cubo y se largó.
- ¡Hostia puta! - dijo la enfermera sorprendida - Está en estado lamentable (lamentablemente terminal)
Tras tres horas de cola ahora eran todo prisas y corrillos. Médicos con careto de acojonado
corrían de aquí para allá: que si enchúfele dos centímetros de no sé qué, que si
prepare el quirófano no sé cuántos... lo típico. Pero no hubo tiempo, se les fue.
Intentaron hacerle un electroshock para reanimarlo. Las circunstancias quisieron que
la enfermera que manejaba el chisme fuese una principiante. Se equivocó en la potencia y
le metió una descarga de trescientos cincuenta mil voltios. Explotó un trozo de carne a
la vez que horribles vesículas salían por todo el cuerpo de Tomás. No quedaba más
que cubrirle con una sábana y llamar a los de la funeraria.
Le dieron sepultura aquella misma mañana. Era un cementerio cutre, de gama baja.
Allí lapidaban a la gente de vida humilde. Todas las tumbas eran iguales. La mayoría
estaban sin nombre, eran de gente encontrada tirada por la calle o muerta en situaciones
de extrema violencia (situaciones de esas que dejan tras de sí cadáveres absolutamente
irreconocibles por forense alguno).
Pero tras el entierro un extraño ruido impedía que la calma reinara en aquel lugar como de costumbre.
Venía de la tumba de Tomás. El muy hijoputa estaba rascando la tapia con las uñas.
Le habían metido allí dentro y sellado y él ni se había enterado. Cuando despertó estaba
todo oscuro y con olor a podrido. Tomó conciencia de que estaba en su propia tumba y
no pudo hacer otra cosa que emitir desesperados alaridos de socorro:
- ¡Diós mío, sáquenme de aquí!. ¡No estoy muerto, diós mío, estoy vivo, vivooooooo!
Pero nadie pasaba por allí para oír sus lamentos, se iba a podrir vivo sin lugar a dudas.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado (por ahora).
FIN
1 viene a ser algo así como salvajemente retorcido
2 esta expresión viene de una historia anterior llamada Hombre blanco soltero encuentra.
3 borrachera extrema
vOtaR esTa histoRia
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