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JUSTICIA
Había una vez un tipo llamado Joselete. Era un ilustre del toreo, manejaba el capote
con pasmosa maestría, sus corridas eran puro espectáculo. Todas las tardes salía del
ruedo aclamado y vitoreado por el respetable, era el héroe para todo el mundo.
Para todos menos para esos ecologistas de mierda, eran unos cretinos. Aquellos mentecatos
sólo se preocupaban de lo que le pudiese pasar al toro, no sabían apreciar el espectáculo
taurino que él brindaba cada tarde, lo suyo era puro arte y pasión pero esto ellos no lo veían.
Joselete no entendía por qué diablos se preocupaban tanto, si al fin y al cabo era
un animal. Incluso tendría que ser un honor para el toro el poder ser toreado por
el gran Joselete, que no le tocaran los cojones, él lo llevaba en la sangre.
La lucha cara a cara contra el toro en igualdad de condiciones, casta y valor, esas
eran sus máximas. Además, no sé qué experto médico aseguró que el toro no sentía nada,
que no le dolía debido a no sé qué teoría del shock adrenérgico1.
Aquella tarde, cuando Joselete atravesó al animal con su espada, culminó una de sus
mejores faenas. Suyas fueron las dos orejas y el rabo, ¡olé torero!.
Llevaba ya a sus espaldas incontables corridas, todas ellas saldadas con triunfos.
Arte, valor, gloria y sangre de toro, así eran sus faenas.
Pero por todos es sabido que a todo cerdo le llega su San Martín y al cerdo de Joselete
le llegó una soleada tarde de domingo.
No era un gran morlaco, se presumía otra gloriosa tarde para el más grande diestro de
España. Pero algo salió mal, el toro fue directo a por él. El maestro hizo una finta
a la izquierda pero el animal no picó, le había visto el plumero, a él no le toreaba.
A ese toro le importaba una mierda el capote, lo que quería era al cabrón que lo
zarandeaba.
La empitonada fue soberbia, la hemorragia masiva e imparable, la muerte, inevitable.
Joselete la palmó en la enfermería.
Le enterraron pocos días después, -descanse en paz- se podía leer en la lápida. Pero
no iba a ser así, no señor. Aquí empezaba su calvario, había llegado el momento de pagar.
Se pasó la vida infligiendo dolor y sembrando muerte, era la hora de recoger los frutos.
¿Creéis en la reencarnación?. Qué más da, el caso fue que Joselete, por suerte o por
desgracia, se reencarnó. Y, ¿a que no sabéis en qué?.
Efectivamente, era un bravo toro de Lidia, robusto fuerte y precioso. Por alguna extraña
razón el tipo aún conservaba su consciencia. No se lo podía creer: estaba pastando
por el prado, iba a cuatro patas, tenía cuernos... ¡era un maldito toro!.
Lo peor vino luego. Le transportaron no sabía dónde y le metieron en un corral.
Estaba nervioso y harto de estar allí encerrado cuando se abrió una puerta. La luz le aguardaba
afuera, era su oportunidad de escapar. Cruzó en estampida la puerta y diós mío dónde
fue a parar: era un maldito ruedo, una plaza de toros llena hasta los topes. En la arena
había varios tipos con pinta de maricones moviendo sus putas capitas rojas. ¿Rojas?.
Diós mío, ¿por qué se sentía tan atraído por ese color?, quizás porque era el único
color que podían percibir sus grandes ojos de toro, quién sabe. Lo único cierto era que
sentía un impulso terrible de arremeter contra esas ondulantes capas de color rojo.
Su consciencia le decía que no debía hacerlo pero el impulso era más fuerte, mucho más
fuerte, era impulso animal (al fin y al cabo ahora él no era otro que un animal).
Le torearon un buen rato. Entonces salió otro de esos maricones. Éste no llevaba capote,
sostenía en sus manos unos extraños pirulís. Se fue a por él, todo sucedió muy deprisa.
Joselete el toro estaba desconcertado, no comprendía nada. Lo único que sabía era que
aquel tipo le había clavado dos hierros en la espalda. La gente aplaudía a rabiar.
Él rabiaba de dolor. Quedaron colgando de su carne, la sangre empezó a manar y a chorrear
por sus costados. No tuvo tiempo ni de descansar cuando otro de esos bastardos le clavó
dos mierdas más. También le quedaron colgando del lomo. El dolor era desgarrador, parecía
que su carne iba a ceder en cualquier momento y esos arpones caerían al suelo pero no fue
así, los llevó colgando durante toda la corrida.
Se sentía débil, estaba perdiendo mucha sangre. Pero eso no parecía importar a aquellos
tipos, es más, se lo estaban pasando en grande.
Luego salió otro montado en un caballo, sujetaba una especie de lanza. El maldito bastardo,
haciendo gala de la más detestable de las cobardías, desde lo alto del caballo empezó a
hurgar en su espalda con aquel artilugio de mierda. No se han inventado palabras aún para
describir el dolor que sentía Joselete en esos momentos. Arremetía contra el caballo
para que dejara de retorcer ese punzón en su espalda pero era inútil, cada vez le dolía
más y la gente cada vez aplaudía más.
No entendía nada, ¿qué estaba pasando allí?, eran unos salvajes ¿a caso no tenían piedad?.
No. Tenían arte. La piedad se la dejaban para los maricones de los ecologistas, lo que
ellos tenían era un arte tremendo, ¡olé torero!.
Salió el torero otra vez. Joselete ya estaba hecho polvo, había perdido mucha sangre y
la seguía perdiendo por todas partes. Le costaba mucho respirar, el dolor se lo privaba.
Además estaba rodeado de cretinos moviendo su capote insistentemente, incitándole a
acometer. Aquello era el infierno. La baba le chorreaba por la boca mezclada con sangre
que le salía de los pulmones al respirar. Apenas podía llorar, un sol perturbador
resecaba las lárimas incluso antes de que salieran de sus ojos.
El torero se acercó corriendo hacia él y le atravesó con su arte y con su espada.
Pasó cerca del corazón, le salió por un costado. Dolor extremo y sin igual, sangre por
doquier, sol y calor, gente gritando y aplaudiendo, capullos moviendo los capotes a
su alrededor, banderillas en su espalda y una afilada espada atravesándole de arriba abajo.
Sus últimos pensamientos los empleó en intentar comprender qué coño les había hecho
él para que le sometieran a semejante tortura. No lo consiguió, aquella barbarie
carecía por completo de justificación. El torero volvió con otra espada al ver que
el animal no se desplomaba. Le atravesó de nuevo. Cayó redondo.
Aún en el suelo tuvo tiempo de ver cómo le cortaban las orejas y el rabo antes de
ahogarse en su propia sangre.
No les duele, shock adrenérgico, arte y pasión, cara a cara con el toro, igualdad de
condiciones, es sólo un animal, debería ser un honor para él el ser toreado.
Esas fueron las últimas palabras que retumbaron en su cabeza antes de morir.
Pero aquí no acabó su periplo. Joselete se volvió a reencarnar. Lo hizo tantas veces
como toros había matado y el destino quiso que siempre lo hiciera en un toro de Lidia.
Así pues, la vida de Joselete siguió estrechamente ligada a los ruedos durante mucho
tiempo, mucho más de lo que la gente se imaginaba.
FIN
1 por muy increíble que parezca, es
verdad que un médico dijo eso, salió en los periódicos.
vOtaR esTa histoRia
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