NO HAY LADO BUENO


Había una vez una mujer muy aficionada al bingo. Dos o tres noches por semana, cuando veía que su marido dormía cual cadáver putrefacto, se levantaba furtiva de la cama y se iba para el bingo.
Allí ya la conocían, era una maldita cliente habitual. Era la típica rata ludópata que juega seis cartones a la vez, se los pone en columna y va tachando como una máquina programada para tachar numeros de bingo, daba pena.
Pilló seis cartones y mandó que le trajeran una botella de champán del bueno. Aquella noche iba a ser grande: bingo, champán y la cartera gorda de billetes, ¿qué más se le puede pedir a la vida?.
La hija de puta del micro, con su vocecita de mosquita muerta dada por culo, comenzó a cantar los números uno tras otro. La señora ludópata no daba pie con bola, tenía todos los cartones prácticamente en blanco.
Alguien cantó línea. Ella masculló algo así como "hijo de puta, así te mueras" y le lanzó una mirada de muerte y persecución1. Prosiguió la ronda. Números y más números eran nombrados en voz alta, ninguno estaba en los cartones, aquella era una noche de mierda para ella. La señora estaba rabiosa, de tanto apretujar las manos había retorcido el rotulador rojo ese que te dan para ir tachando, lo tiró al suelo con mala leche y cogió otro. La gente la miró de reojo, era el típico ejemplo a no seguir.
La puta del micro siguió cantando números pero se ve que aquella noche no había suerte.
Tras un buen rato un tipo llamado Pico-pollo cantó el bingo. Era un viejo calvo de nariz ganchuda, un habitual del lugar. Todo el mundo murmuró algo entre dientes, se pudo oír más de una cagada en la puta que parió a Pico-pollo.
La señora se retorcía en la impotencia, le trajeron el champán y el ansia que sentía le hizo rehusar la copa y beber directamente a morro. Estaba montando un número.
Y las rondas se sucedieron y los cartones iban cayendo de seis en seis y ni una maldita línea cantó la señora. Eso sí, la turca que llevaba encima era desmesurada, se pulió la botella de champán y luego pidió varias rondas de martini seco con oliva y parasol.
Hasta que llegaron las cinco y media de la madrugada.
Se había pulido unas sesenta mil pelas (que vienen a ser unos 360 euros de mierda2), aquello no podía ser. Tenía un marido pegón. Sí, uno de esos bastardos a los que cualquier excusa les vale para dar rienda suelta a su mano y soltar palizas a mujer e hijos. Si su marido se llegara a enterar del desfalco iba a correr el palo a base de bien.
Pero claro, con lo ciega que iba, la muy puta de la mujer dilapidó más de lo debido sin darse cuenta. Y fue entonces, a las cinco y media, cuando se dio plena cuenta. Decidió jugar la última ronda de cartones, el bingo estaba ahí, lo sentía en las venas, aquella era su ronda, todo o nada.
Y como era de esperar salió nada, a la muy guarra no le tocó un puto duro.
Esto es una encerrona del destino, pensó, tanta mala suerte no puedo tener. Ya no le quedaba ni un duro, la gran paliza le aguardaba en su casa, no había vuelta atrás. Y cuando asimiló esta última verdad fue cuando se chifló del todo y se volvió majara.
Resulta que iba vestida con un abrigo de piel de chinchilla y pese al aire acondicionado no se lo había ni quitado por un segundo. Ello no era de extrañar pues un demoledor trabuco de dos cañones y recámara de veinte disparos se alojaba oculto en el sobaco. Al ver que la suerte definitivamente le daba la espalda decidió sembrar la masacre. Y lo logró.
Se levantó a la par que sacaba el arma y tras gritar ¡Hijos de puta! comenzó a disparar. Pero no disparaba a bulto, no, la muy reputa apuntaba. Hubo en total treinta y dos muertos, tres heridos terminales y cinco lisiados de por vida.
Las mesas del bingo quedaron llenas de gente a medio petar, aquella mujer perdió el juicio, sus trabucadas causaron desgracia y dolor. La putita que cantaba los números avisó a la policía nada más se desató el follón. A la media hora se dejaron ver los primeros agentes.
Redujeron a aquella pobre desgraciada tras convencerla de que sus hijos la necesitaban (es lo que siempre dicen los sicólogos cuando ven que uno ya no se importa a si mismo).
La mujer se vio cercada. Como un animal, como una comadreja rabiosa. En derredor había expectación, miedo, asco y ganas de hecharle el guante. Pero eso no lo iba a permitir no señor. Si me queréis me tendréis hijos de puta, me tendréis. Pero no como a vosotros os gustaría, cerdos.
Se apuntó al paladar con precisión y disparó sin más dilación. Sus sesos se esparcieron por el techo del bingo. Y allí todo terminó.
Litros de legía fueron aplicados sobre esa mancha en el techo, pero ni en mil años cedió. Allí quedó para siempre, en el sucio techo de un bingo de barrio, la única huella que esa infeliz mujer fue capaz de dejar en el mundo que la vio nacer.
No hay lado bueno3.

FIN

1 esta expresión no tiene mucho sentido pero es que mi cerebro (en permanente estado de gilipollez) me pidió que lo pusiera y de vez en cuando qué cojones, al pobre le concedo algún derrame

2 ODIO EL EURO, es un robo, una estafa, una tomadura de pelo, y hay alguien por ahí en algún despacho que se está forrando como un puto hijo de puta con toda esta movida del cochino euro.
¡¡¡Que vuelvan las pesetas joder!!! que antes era todo más barato. Maldita Europa de mierda, políticos, os podéis meter vuestro euro por el culo, buitres asquerosos.

3 esta última frase la pongo para justificar el título del cuento, que nadie se debane los sesos, no quiero decir nada con ello, sólo que no se me ocurrió otro título y puse este por poner.

vOtaR esTa histoRia