CALVARIO EN EL MUSEO


Había una vez una manada de turistas que fueron en visita programada a un museo de historia. El título de la exposición era "Egipto: enigma y misterio".
Se dispersaron por entre las vitrinas, tirando fotos y comentando las muchas porquerías y antiguallas que había por allí embalsamadas. Había papiros, momias, cuencos y pedruscos, era un tostón.
En esas que un tal Johny1 decidió desmarcarse de la manada y se escabulló por entre unas cortinas. Y llegó a un almacén en el que no dejaban entrar al público ni a nadie. Allí había objetos de valor incalculable: manuscritos de Ramsés y Jesvolá2, sables y cimitarras de no sé qué dinastía milenaria y otras muchas vasijas y jarrones y porquerías mil.
Johny puso sus zarpas sobre una especie de frasco pequeño de color granate. Estaba polvoriento y demacrado, no en vano tenía el botijo varios siglos de antigüedad. Lo contempló durante un rato y luego hizo lo que se suele hacer en esos casos: lo destapó y se lo bebió de un solo trago.
Inmediatamente notó que algo horrendo se extendía por sus entrañas. Se llevó las manos al cuello, sentía que se ahogaba y no podía respirar. Y es que amigos míos, Johny la había cagado, y por ello estaba siendo víctima de una desgarradora transformación.
En teoría se tenía que convertir en un chacal, pero ya sabemos que la naturaleza no es una ciencia exacta. Acabó por transformarse en un bodrio innombrable, una abominación nauseabunda, una aberración nefasta y censurable. Y lo peor de todo era que aquel monstruo infame rebosaba ansias de matar y desgarrar 3.
Tenía los ojos amarillos y negros y unos colmillos que no le cabían ni en la boca, le había salido una especie de chepa en un costado que le daba un aire así a lo botarate y en lugar de pies y manos esgrimía poderosas zarpas peludas y mortales. La polla se le había caido, aquello fue lo peor de toda la transformación.
No hablaba ni pensaba ni nada, emitía gruñidos y rugidos y chorreaba saliva por la boca y pus por el culo, era grotesco.
Enseguida se puso a olisquear el aire en busca de rastros. Y no tardó en encontrarlos. El resto de ocupantes del bus turístico que les había traído hasta allí pululaban alegremente por el museo ajenos a la carnicería de la que iban a ser objeto en breve.
Johny salió de las cortinas como un vendaval y se echó sobre el primer hijo de puta que encontró. Se trató de un jubiladucho de poca monta: el señor Thomson. Iba junto a su señora. Al viejo, que era gordo y bajo, con gafas redondas a lo John Lennon y llevaba una camiseta blanca de manga corta propaganda de Panasonic y unas bermudas rojas y chancletas de romano y la cámara de fotos barata colgando del cuello, le arrancó la cabeza de un manotazo. La señora Thomson se truñó4 en las bragas marrones que llevaba y luego fue también abordada y desparramada por aquel monstruo infausto.
El pánico y la histeria se extendió rápidamente, ahora todo eran corrillos, chillidos y empujones, a la gente se la chupaban ya las momias y las antigüedades, sólo pensaban en salvar su pellejo.
Pero no pudo ser.
Un extraño fallo en el mecanismo de la puerta principal impedía que ésta pudiera abrirse. En los cuarenta y cinco años que llevaba aquel museo abierto y nunca la jodida puerta se había estropeado, parecía como si hubiera estado esperando el día oportuno para hacerlo.
Y se desencadenó entre vitrinas y estantes una feroz carnicería que no cesó hasta que el último chillido fue ahogado y la matanza consumada. Torsos rajados, cabezas aplastadas, carnes masacradas y barrigas reventadas, fue algo sobrecogedor.
Al acabar, se ve que algo extraño le sucedió a Johny. Comenzó a tener primero náuseas y luego arcadas y finalmente terminó vomitando una especie de liquiducho grisáceo que olía a ostra. Y es que efectivamente eran las ostras que había comido en el restaurante, las estaba trallando. Pero luego vomitó también una pasta rojiza y penosa. Era el mejunje que se había engullido tras las cortinas, aquel suquero se había cansado ya de estar en aquel cuerpo. La metamorfosis se invirtió y Johny volvió a ser el de antes.
En ese momento entró la policía por la puerta, los bomberos habían conseguido desatascarla. Encontraron a Johny acurrucado en un rincón, rebozado en tripas y sangre y temblando como alguien que está atado a la vía del tren y ve cómo se acerca el tren. Le arroparon en mantas de esas que siempre les ponen a las víctimas de accidentes y tragedias y se lo llevaron a la enfermería. Estaba bajo shock.
Y le curaron y le agasajaron, y luego le condecoraron y le veneraron por ser el único superviviente de aquella horrenda matanza.
Nunca quedó claro cómo ocurrió todo aquello, las cámaras de seguridad eran de esas de plástico que son falsas y están simplemente para disuadir a los ladrones. Lo que esa tarde sucedió en el museo pasó a ser un misterio para siempre jamás.
Y Johny se hizo famoso, era un héroe nacional. Fue a programas, participó en concursos, firmó autógrafos y se forró de pasta.

FIN

1 sólo por el nombre ya huele a cadáver

2 esto de Jesvolá creo que no es el nombre de nadie, me suena que lo dicen en las noticias cuando hablan de los moros esos que se tiran piedras por las calles. Bueno, da igual, queda bien, lo dejo.

3 original y apasionante, ya lo sé, no hace falta que me felicitéis

4 del verbo truñar
truñar: evacuar truños por el culo
truño: mierda, zurullo

vOtaR esTa histoRia