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EL CABEZA DE TURCO
Había una vez un joven estudiante llamado Jorge. Era el típico capullo que iba de
activista político, reclamando la independencia y reivindicando los derechos de no
sé qué poblucho oprimido, apoyando a las minorías y luciendo camisetas con banderitas
cubanas y pegatinitas del che Guevara (que no sabía ni quién coño era realmente)
en la carpeta.
Aquel jueves había manifestación a favor de los agricultores de la avellana o algo así.
En realidad a Jorge ni le iba ni le venía, la cuestión era ir de mani1.
Jorge se atavió con sus vestimentas reivindicativas (léase pañuelo palestino2
y sucedáneos) y se lanzó a la calle a gritar en contra del gobierno y de cualquier cosa.
La manifestación iba tranquila hasta que una minoría gamberra (bien por ellos)
decidió hacerse notar: volcaron un container y prendieron fuego a uno de esos preciosos
buzones amarillos de correos que hay por las aceras. También apedrearon una sucursal
de no sé qué banco.
Los antidisturbios, que estaban ojo vizor y preparados para precisamente eso, entraron
en escena. Protejidos con cascos y escudos, cargaron contra la muchedumbre enfervorizada.
La gente se dispersó, la mayoría eran agricultores que rondaban los cincuenta años,
pacificuchos y para nada deseosos de follones. Los gamberros también ahuecaron el ala,
salieron de allí en estampida nada más verle las orejas al bastardo del lobo.
Todos menos uno.
Jorge se vio atrapado entre el cordón policial sin poder hacer nada. Cuando quiso
darse cuenta decenas de porras castigaban sus costillas sin piedad. Los policías se
desentendieron de los demás, ya tenían a uno, ese gilipollas iba a pagar el pato.
Se cebaron en extremo con él. Cuando se les cansaron los brazos de tanto aporrear,
pasaron a las patadas. Casualmente aquel día estrenaban un nuevo modelo de botas,
las llamadas botas Demolition, capaces de reventar una máquina de tabaco de un solo
puntapié.
El grado de petamiento en el que quedó el cuerpo de Jorge tras el pateo merece mención
aparte. Parece mentira que el cuerpo de un ser vivo (humano o no) pueda llegar a ser
reventado hasta tal extremo sin perder su condición de vivo. Incluso cuando yacía en
el suelo despilfarrado y desmermado3 fue salvajemente
peloteado con bolas de goma a bocajarro. Ensañamiento, otro nombre no se me ocurre.
Más tarde llegaron los de la ambulancia y bla, bla, bla... Jorge acabó vegetal en
una litera de su casa arropado por unas entrañables sábanas de miqui maus y rezando
como un condenado pidiendo por favor dormirse aquella noche y no volver a despertar.
Si vas a mirar, también se lo buscó, en esta vida la tontería suele acabar costando cara.
FIN
1 así es cómo llaman esos tipos a las
manifestaciones. Cualquier comentario sobra
2 de esos blancos a cuadros que llevan
los moros esos que salen por la tele tirándose pedradas por las calles
3 esta palabra no existe, es cosecha propia.
No sé... me ha parecido que sonaba contundente y bien, por eso la he dejado
vOtaR esTa histoRia
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