Había una vez tres hombres que andaban perdidos por el desierto. Para comprender la mala dicha que les
condujo a tal situación habremos de remontarnos no más de un par de días atrás en el tiempo.
Para aquel entonces estos tres hombres, de nombres Lucius, Walter y Roblov, embarcaban en un vuelo
chárter destino a la base aérea 56 situada en Nebraska (Colorado). La misión de la expedición era de
eminente carácter científico. A saber, se había sabido que había un esquimal en una remota aldea de
iglúes a quien sus allegados (quienes a su vez eran un atajo de estúpidos esquimales) le atribuían no
menos de 145 años.
Tan pronto como la noticia se supo fueron varios los países quienes entre ellos se rifaron la patente.
Todos querían ser los primeros en ir allí y extraer de las venas de ese vejestorio sordomudo semicongelado
la esencia definitiva de la longevidad humana.
Y como cualquiera podría adivinar a tenor de los 3 nombres antes mencionados, finalmente fueron tres
naciones distintas las que pactaron montar una expedición conjunta y finalmente se llevaron el gato al
agua. Walter era un distinguido antropólogo del Perú. Roblov era el mejor físico de Ucrania. Y Lucius...
bueno Lucius era un inglés de mierda.
Junto a ellos en el avión destino a Nebraska no iba más que el piloto, que en realidad eran dos tíos
pegados: los siameses Rudolf y Dan VonPicken. Lo de ser siameses no les había impedido en modo alguno
lograr la licencia de pilotaje. De hecho la licencia la lograron en un concurso de la tele.
Resulta que quedaron segundos en un concurso de pisar ratas1 y les
correspondió un magnífico crucero por las islas griegas para 1 persona (o un premio de valor equivalente)
y claro, como que ellos eran un indivisible pack de dos, pues tuvieron que optar por el premio de valor
equivalente, que en este caso se trataba de un par de licencias para pilotar cualquier tipo de aeronave.
El vuelo a Nebraska era su primer vuelo. Les eligieron a ellos porque emplear a subnormales siempre
acarrea subvenciones. Alguien en alguna parte se corrió una buena juerga con puros, putas, coca y
chapan a costa de esa pasta. Pero bueno, esa es otra historia (no menos divertida, pero otra
historia al fin y al cabo).
Así pues, a las 3:00 AM GMS despegó el contingente con los tres científicos (bueno, dos científicos y
un inglés de mierda) y los hermanos VonPicken rumbo a una Nebraska a la que nunca llegaron jamás.
Fue sobrevolando el Sahara meridional cuando les acometió el importunio.
- Voy a abrir una de las ventanillas para realizar un importante experimento- argumentó Roblov
mientras forcejeaba con el cierre de una de las ventanillas del avión.
Lo que en realidad pretendía era simplemente echar un lapo2 por la borda
pero bien sabida es por todos la costumbre que tienen los científicos de poner tal excusa para cualquier
cosa que hacen3.
El caso fue que al abrir éste la ventanilla algo se coló prestamente en el avión. Todos empezaron a
vociferar y a dar tumbos por el compartimento. Era un abejorro.
Bueno, más que un abejorro era una abeja africana negra cornuda4,
mundialmente conocida por ser capaz de matar doce elefantes de un solo picotazo (y
dejar hemipléjicos a otros diez).
Los dos científicos la reconocieron al instante y se cagaron encima, el inglés de mierda sólo con
ver la cara que ponían éstos enseguida supo que aquello era algo fatal y también se cagó encima vivo.
- ¡Qué podemos hacer!
- ¡Vamos a morir todos!
- ¡Oh my god!
El animal andaba de un lado para otro dándose de hostias contra las paredes del avión.
Estaba cabreado y era claro que a quien pillara lo iba a reventar a picotazos.
- ¡Haga algo Roblov, fue usted quien la dejó entrar!
- ¡Yes, yes... maldito hijo de puta!
La ventanilla por la que había entrado era demasiado pequeña para que volviera a salir por
ella así que merced a un latigazo de brillantez a Roblov se le ocurrió abrir la puerta que comunicaba
su compartimento con la cabina del piloto.
- ¡Que salga por esta puerta!
La astucia funcionó y la abeja nada más vio la puerta abierta la traspasó.
Inmediatamente el propio Roblov fue el encargado de cerrar dicha puerta, sellando así a la bestia
errante más allá de aquel compartimento.
- Bufff... nos ha ido de poco camaradas...- suspiró
Pero entonces quienes pillaron fueron los siameses VonPicken. A ellos no les fue de poco, a ellos
les fue de lleno.
Se encontraban tranquilamente pilotando cuando vieron al doctor Roblov abrir la puerta de la cabina
desencajado y despavorido. Algo entró zumbando y éste cerró inmediatamente la trampilla como una
rata almizclera del mas bajo rango.
- Maldito hijo de puta.. pero qué coño... – masculló Dan.
Era demasiado tarde. Para cuando quiso terminar la frase ya no pudo ni mover los maseteros. La abeja
había hundido su aguijón de 3 centímetros en su brazo. Le suministró el veneno equivalente a 400
mordeduras de cobra india y 200 picadas de tarántula de Madagascar.
El brazo prácticamente se le gangrenó al instante y cayó al suelo. El veneno, en macabra avanzada,
hizo que las demás partes de su cuerpo siguieran el mismo rumbo. Cuando todo Dan se encontró podrido
le llegó el turno a su hermano Rudolf, ahora indefectiblemente unido a la muerte.
Pudriose vivo como el primero. El avión quedó sin piloto.
Desde atrás los dos científicos y el inglés de mierda asistían mudos al griterío infernal
proveniente de la cabina.
- ¿Creen que ha sido buena idea evacuar a ese repugnante animal hacia la cabina de los pilotos?
- Quizás deberíamos hacer algo.
- ¡One Beer pliz! – el inglés registraba el equipaje con frenesí en busca de ese pack de seis latas de cerveza
que finalmente no le habían dejado embarcar.
El avión no tardó en entrar en barrena. Caída libre. Los tres iban pero que bien cagados encima.
Se iban a matar.
Mira por donde que resultó que el inglés sabía pilotar. Pero no podían abrir la cabina porque esa y
no otra era la prisión de la pequeña asesina africana. A la desesperada (o sea, a 1500
metros de altura y bajando) resolvieron hacer lo siguiente:
- Roblov, usted abra la puerta de la cabina de los pilotos. Inmediatamente
después yo abriré la escotilla del avión5. Nada más ver el cielo la abeja volará
de inmediato en pos de la libertad. Será entonces cuando usted, señor inglés
de mierda, se hará con los mandos del avión y lo devolverá a su rumbo
natural, librándonos así de esta muerte por machacamiento que tan claramente nos parece otorgada.
Actuaron con rapidez.
Pero quizás unos lo hicieron mas que otros.
Mientras que el inglés aún buscaba sus cervezas por entre las mochilas Roblov permanecía asido al
pomo de la cabina de los pilotos. Barajaba en su mente la posibilidad de que la abeja negra se
debatiera furiosa en tan reducido habitáculo y que sería con el pobre infeliz que abriera la puerta
con el que primero se ensañaría sin importarle que unos metros más allá el cielo abierto la estuviera
esperando.
El doctor Walter no reparó en la demora con la que sus compañeros llevaban a cavo los planes
establecidos y sin pensarlo abrió la puerta del avión.
Y entonces fue cuando los tres se fueron a tomar por culo, succionados por la corriente de aire,
que penetró furiosa en el avión y relamió todo cuanto allí había, arrastrándolo con si y
vertiéndolo al vació que se cocía encima del desierto.
Lo primero que hizo cada uno en el aire fue cagarse en los otros dos. Para seguidamente cagarse
física y literalmente en si mismos. Definitivamente la expedición se podía considerar ya un fracaso.
El inglés era uno de esos tipos felices que siempre han albergado la convicción de que si uno
cae sobre el agua o encima de la arena no importa la altura desde la que éste caiga, no se
va a matar siempre que no caiga de espaldas o de panza.
Los otros dos, científicos intachables ellos, eran de la convicción de que si uno cae y la
probabilidad de caer sobre una piedra es del 2 por cien, éste caerá sobre una piedra.
Sea como fuere a los malditos aún les quedaba alguna esperanza. Lucius, el inglés de mierda, permanecía
aún agarrado a lo que él creía era la mochila de las birras.
Al atisbarle en pleno vuelo ambos doctores se dieron cuenta enseguida de que a lo que el inglés
estaba abrazado no era otro que un estupendo paracaídas precisamente dispuesto para parar caídas como
aquella.
El suelo cada vez estaba más cerca y las maniobras de aproximación en pleno vuelo no fueron
nada fáciles. El inglés seguía buscando cervezas por entre los telajes y los bolsillos de la
mochila, le quedaba ya poco tiempo para emborracharse antes de dar con sus huesos contra el suelo.
Al ver a los otros dos aproximarse con cara de ansia dedujo no sin cierta razón que lo que querían
no era otro que robarle lo que era suyo. Así que aceleró las maniobras de búsqueda hasta que
accidentalmente tiró de una anilla que había por allí y se abrió el salvador. Justo a tiempo llegaron
a sujetarse ambos doctores a las botas del inglés.
Los treinta segundos de plácido descenso que les llevaron al suelo los pasaron insultándose los
unos a los otros y lanzandose cruentas amenazas de esas que nunca se llegan a cumplir.
Sanos y salvos. Fue así como finalmente se encontraron los dos científicos y el ingles de mierda
en medio de aquel desierto sin piedad.
Y fue así como empezó toda esta historia que ahora me dispongo a finalizar.
- ¡Todo fue culpa suya, puto ruso de mierda!
- ¡Ucraniano, no ruso, ucraniano camarada!
- ¡Fuck, fuck, fuck! – a veces da la sensación de que el léxico angloparlante
se limita a un simple par de expresiones6
Tras una breve e insensata trifulca en la que ambos doctores perdieron los papeles y llegaron a
las manos los ánimos se apaciguaron y la sensatez hizo acto de presencia.
Trataron de orientarse, registraron la mochila del paracaídas en busca de cualquier cosa que
les pudiera servir de sustento y emprendieron la marcha hacia ninguna parte.
En la mochila sólo habían encontrado una caja de aspirinas y una bolsa pequeña de conguitos.
Ni rastro de agua.
- Vamos a morir- murmuraba el doctor Walter cada 2 minutos
- Fuck, fuck, oh my god, fuck- balbuceaba el inglés continuamente
- Cállense, según mis cálculos en esta dirección a menos de 40 minutos a pie hay
un bar con terraza y futbolín- aseguraba Roblov cada 40 minutos. Era un maldito enteradillo.
Se tiraron andando como 3 horas. El sol pendía de lo mas alto del cielo, la temperatura era
de 60 grados bajo el agua y 70 a la sombra. Hacía ya rato que los conguitos se habían agotado y
las aspirinas resultaron estar caducadas.
- Yo igual me las tomo, así hacen más efecto
El doctor Roblov no tardó en verse dopado, media caja de aspirinas caducadas y una caminata de 3
horas bajo un sol de 70 grados garantizaban sin duda tal efecto. Comenzó a ver alucinaciones. Vio a
Michael Jackson abusando de un niño tras un cactus, vio a un joven palurdo con la cara llena
de granos y la tez llena de caspa sirviendo mierda envuelta en celofán tras la barra de un
McDonalds y también vio a Bin Laden seguido de una caravana de 20 camellos con 3 putas sobre cada
animal y el último cargado de oro.
De repente y cuando toda esperanza se antojaba ya vetada se toparon con algo que en verdad les
hubiera podido salvar.
- ¡Fuck!- exclamó el inglés de mierda
- ¡Diablos, es ese artefacto lo que parece ser?
A pies de una duna y medio escondida entre la arena asomaba lo que parecía ser una lámpara mágica.
Corrieron prestos a frotarla y tal fue la suerte de los bastardos que un genio se les apareció
ipso facto.
- ¡Ummmmmm....!- murmuró aquella aparición mientras fruncía el ceño al contemplar a los tres
desvalidos que le habían hecho llamar
- ¿Concede usted deseos como en las películas señor gordo con bigote?- preguntó narcóticamente el
doctor Roblov
- Así parece ser- respondió el genio
- ¿Y de cuántos de éstos disponemos si no es mucho preguntar?
- Son tres los deseos que se me obliga a conceder...y siendo tres ustedes los bastardos que frotaron
la lámpara pues qué mejor medida que la que reparte tres entre tres y tocan a uno por barba
- ¿Significa eso que podemos pedir un deseo cada uno?
- Y les agradecería que no se demoraran en ello ¡aquí afuera se me están asando las pelotas!
- Esta bien, esta bien....
Los tres afortunados rumiaron apresurados en algo que pedir. Era un elección importante, oportunidad
como aquella no se les iba a presentar jamás.
De un científico se podía esperar que deseara la vacuna contra el SIDA, o el sellado de la capa de
ozono, o quizás la semilla infinita que erradicara el hambre en el mundo para siempre.
De un inglés se esperaban deseos mas modestos: un barril de cerveza sin fondo quizás,
un camión con el remolque lleno de pastas de té o un reloj de inmaculada puntualidad.
- ¡Tiempo!- gritó el genio de repente
- Escucho sus deseos, empiecen a hablar, quien no lo formule ahora que descarte formularlo
mas tarde, pues es esta una oportunidad única y que o se aprovecha o se va.
Tras unos segundos de miradas entre ellos y de silencio tenso y nervioso los tres compañeros
vomitaron cada cual su deseo mas profundo:
- ¡Trocea a estos dos!- gritó el doctor Walter de Perú
- ¡Haz que el inglés reviente y que el otro se pudra por dentro!- formuló el doctor Roblov de Ucrania
- ¿What?- soltó el inglés
- ¡Ummmmmmm!- volvió a exclamar el genio. Y tras elevarse un poco en el cielo dijo- Dos de vuestros
deseos han sido formulados, pero me falta aun el tercero pues no sé qué coño significa what.
Le faltaba al inglés formular su petición. Los doctores de mientras se enzarzaron en su ya segunda
pelea a puñetazo limpio. Se odiaban.
- Inglés, habla en español por una puta vez en tu vida y pide algo concreto. Si vuelves a
decir what, o oh my god o fuck you te juro por los cadáveres de mi familia que mando tu culo al
infierno para que se chamusque durante el resto de la jodida eternidad. Te escucho.
Y vaya que si el inglés habló en español el muy cabrón. Y dicho sea que fue el que mas sensatez
imprimió en su petición:
- Hombre.... pues yo le pediría que no nos muramos en este maldito desierto señor genio.
- Ummmmm.... está bien. Tu deseo anula a los de los otros dos cretinos pues ellos pidieron
muerte y tú vida y cuando estas dos fuerzas chocan es la vida y no la otra la que debe de prevalecer.
- Así pues lo pedido es que vuestra vida no os abandone mientras estéis en este
desierto. ¡¡Que así sea !!
Y tras ello el genio se elevó, abrió los brazos y un halo de luz iluminó a los tres desvalidos.
Después se zambulló rápidamente en la lámpara como un cobarde cuando el cocinero pide voluntarios para
mover la nevera porque le ha parecido que una enorme cucaracha se ha metido ahí detrás.
Los doctores dejaron de pegarse.
- ¿pero qué...?
- ¿Qué has pedido inglés de mierda so cabrón?
- ¿Por qué rayos no yacen vuestros horrendos cuerpos troceados sobre la arena?.... ¿qué
demonios ha pasado con mi deseo?
- ¿Y por qué tu no te pudres y tu no revientas?... el rufián de la lámpara nos
ha embaucado... hagámosle salir de nuevo, me gustará oír sus excusas.
- No hace falta. Le he pedido que no muramos en este desierto y ha dicho que mi deseo valía más
que los vuestros, que cumplía el mío y que vosotros dos os fuerais a cagar.
- Maldición.. – mascullaron ambos doctores
- ...
- ...
- ¿Y bien?
- ¿No se supone que debería de venir alguna especie de alfombra mágica a buscarnos o alguna especie
de duende que nos teletransportara hasta un oasis de drogas, lujuria, vicio y placer?
- Pues parece que no viene nadie.
- Bueno, ahora que lo pienso- puntualizó el inglés- yo le pedí que no muriéramos en este desierto,
pero no que nos sacara de él.
- ¡Maldito seas estúpido comedor de pastas de té a las 5 de la tarde!
- Bueno, no nos desesperemos, por lo menos sabemos que no vamos a morir, lo único que hay
que hacer es ir en línea recta hasta salir de aquí.
Y así lo hicieron. O por lo menos ello intentaron. Pero como muy pronto aprendieron para nada
resultaba tan fácil marchar en línea recta por un desierto. Las dunas no dejaban de moverse y el
paisaje cambiaba constantemente. Por las noches las tormentas de arena no dejaban ver las estrellas
y por el día, bueno quizás hubiesen podido guiarse por el sol, pero resultó ser que una enorme nube
de langostas se abalanzó sobre ellos y no les devoraron vivos porque estaban demasiado secos pero sí
les sacaron los ojos.
Y así fue como se encontraron los tres desgraciados vagando ciegos por el gran desierto, padeciendo
insolación y sed eternas y sin que el permiso a morir les fuera concedido jamás de los jamases.
Pronto superaron los 145 años de edad que tenía ese esquimal al que un buen día habían deseado visitar.
Ahora el hombre restaba ya muerto y feliz. No así nuestros amigos, a ellos les quedaban aún muchos
años por delante, les quedaba toda una eternidad de ceguera abrasadora, toda una eternidad de
penitencia, calvario y dolor.