¿VICTIMA O VERDUGO?


Había una vez una manada de gente que aguardaban ansiosa en la entrada de unos grandes almacenes. Faltaban pocos minutos para la gran apertura. Eran las rebajas, la gran competición en la que la voracidad humana llega a su cenit, la máxima expresión del egoísmo y del consumismo que envenenan a esta podrida sociedad que es la de hoy en día.
Se abrieron las puertas, la muchedumbre estaba desquiciada, se pisoteaban unos a otros, se dispersaron por los pasillos. Aquello era la locura. Era el gran circo de la histeria y el griterío, menudo espectáculo el que allí se vivía.
Insultos, empujones, agresiones verbales a modo de defecaciones en parientes difuntos o claras alusiones a la profesión de la madre de uno, todo valía, era la ley de la selva. Incluso dos mujeres ya mayores, de unos sesenta y cinco años, llegaron a zarpearse la una a la otra con sus asquerosas uñas pintadas de color carmín. Se peleaban por unas bragas horribles que valían cuatro duros. Se tiraban del moño y se hurgaban el cuello con las garras al grito de "arpía malaputa suelta esas bragas que yo las vi primero". Era tan triste... se odiaban a muerte.
Vosotros, como yo, pensaréis que todo aquello era patético y que toda esa gentuza miserable merecía una severa reprimenda. Sí señor, un buen castigo, un correctivo que les quitara la venda de los ojos y les hiciera ver lo que realmente importa en esta vida. Justicia, eso era lo que hacía falta allí. Por desgracia el mundo en el que vivimos es como un gran río en donde las amargas aguas de lo injusto fluyen por doquier.
Sin embargo, no siempre es así. En contadas ocasiones pequeños charcos de dulce agua se forman a lo largo del río. La justicia, aunque en escaso, está también presente en nuestras vidas y, como aquella tarde en los almacenes, cuando se la reclama con fuerza suele acudir a la llamada.
Las puertas automáticas se abrieron pero esta vez no era para dar paso a otro consumidor empedernido, aquel tipo era diferente. Parecía concentrado en algo, su mirada escudriñaba aquella escena que tenía delante como si buscara algo en concreto. Sostenía algo en sus manos. Ese "algo" tenía un largo mango de madera y en el extremo superior una afilada pieza de acero en parte pintada de color rojo resplandecía a la luz del florescente. No había duda: aquel tipo llevaba un hacha de bombero en las manos.
Había dos posibilidades: que fuera el típico maníaco desquiciado al que los de seguridad reducirían fácilmente sin darle tiempo a matar a no más de dos o tres personas; o un psicópata frío y calculador con los pies en el suelo y un estudiado plan en la cabeza, de esos que cuando se lían a masacrar lo tienen todo previsto y de allí no sale nadie con vida.
La ruleta del destino empieza a girar, ¡hagan sus apuestas señoras y señores!: M-Psi-Man-Psico-Mania-Psicopa-Maniac-¡Psicópata!. Efectivamente, era un meticuloso psicópata que tenía planeado masacrar a todo kiski, mala suerte amigos.
Se giró de repente hacia la puerta y con el mango del hacha se cargó el dispositivo ese que hace que al acercarse alguien se abra sola. Ahora no se abriría. Acto seguido y sin más dilación comenzó a destralear a la muchedumbre.
Hasta que no se cargó a diez o quince nadie se dio cuenta de nada pues tal era el caos que reinaba allí dentro que un tipo pegando hachazos a diestro y siniestro pasaba relativamente desapercibido.
Le descubrieron por mala suerte: había una cámara de esas que tú te pones delante y tu imagen sale en una gran pantalla de tele que hay allí en medio. Había un niño capullo haciendo el capullo frente a la cámara y nuestro amigo el psicópata no pudo resistirse, el hachazo en la espalda era inevitable. Todo el mundo lo vio por la gran pantalla. Callaron de golpe. Luego buscaron con la vista algo que en realidad no querían encontrar. Pero estaba allí, era la fatálica realidad y tenían que afrontarla. Tras la estantería de camisas de franela un tipo con evidente enajenación mental estaba troceando al pobre niño sirviéndose de un hacha de quince kilos: potente, robusta, imparable.
La estampida hacia la puerta de salida no se hizo esperar. Y el cagamiento encima al ver que ésta no se abría tampoco. Estaban todos ahí agolpados, inocentes(?) e indefensos. Quizás si hubiesen unido sus fuerzas hubiesen podido reducir al loco del hacha pero no, el egoísmo puro fluía por sus venas y la frase "viva yo" retumbaba una y otra vez en el interior de su absurdo cerebro de mierda. Empezaron a pisotearse unos a otros, corriendo como pollos sin cabeza hacia ninguna parte. Aquello facilitó notablemente la tarea del psicópata. Destralada por aquí, mutilación por allá; víscera por aquí, alaridos de calvario y horror por allá.
La mano de una de aquellas señoras que no hacia más de un cuarto de hora se estaban peleando entre ellas aún sostenía aquellas dichosas bragas. Como antes, las tenía cogidas con fuerza. Pero ahora había una curiosa diferencia: dicha mano estaba amputada y yacía en el suelo, cerca del ascensor.
De pronto y, mira tú por donde, a uno de esos tipos que corrían frenéticamente de arriba abajo intentando escabullirse por entre los dedos de la muerte se le ocurrió pensar. Por un momento usó la cabeza y pensó algo que podría salvarle el pellejo: el ascensor. Las escaleras mecánicas estaban paradas y de intentar subirlas el psicópata le vería y le daría caza sin remedio. Pero el ascensor era diferente. Si conseguía entrar con disimulo sólo tendría que apretar el botón para salir de aquel infierno. Dicho y hecho: consiguió llegar y se metió dentro. En esas que el resto de gente se percató de la astuta maniobra del corderito listo, del que quería escapar de la matanza. Se metieron todos los que pudieron y más allí dentro. Había por lo menos cincuenta personas en el ascensor, todos presos de la histeria y soltando berridos. Apretaron el botón de subir pero, ¡alejóp!, el ascensor ni se movió. ¿Qué coño pasa?.
El psicópata se dirigía hacia allí.
¡Vamos, volved a intentarlo, que alguien apriete algún botón, ese tipo viene a por nosotros!.
Sabía que no iban a escapar: había desconectado el sistema de las escaleras mecánicas y del ascensor y supuso que ninguno de aquellos anormales caería en la cuenta de que si las escaleras no funcionaban el ascensor tampoco lo haría. También supuso que se acumularían todos como ratas en el ascensor con la remota esperanza de salvarse de aquella carnicería. Y también supuso que sería entonces cuando los tendría a todos allí juntitos y acojonados, servidos en bandeja para que su voraz hacha se cebara sin piedad. Lo que no supuso era que el botón de cerrar las puertas sí que funcionaba. Los muy bastardos tuvieron suerte, las puertas del ascensor se cerraron. Eso no inquietó para nada al psicópata. El ascensor no se iba a mover de allí, mientras tanto se encargaría de los cuatro capullos que se habían quedado por ahí fuera. Luego no tendría más que esperar. Había más de cien pulmones respirando a toda máquina en una jaula de no más de seis metros cuadrados, el oxígeno no tardaría en faltarles y entonces abrirían las puertas y él les estaría esperando. La furia y la atrocidad no dejarían lugar al más mínimo rastro de misericordia, no habría piedad.


Todo salió según lo planeado. Tras rebanar a dos niñas y tres mujeres que se habían escondido tras el estante de camisas de franela (sí, justo al lado del cadáver de un niño capullo troceado), se dirigió hacia el ascensor.
Pero algo no acababa de gustarle, su querida destral había perdido mordiente. Tantos huesos quebrados, tantas carnes abiertas, tantas cavidades perforadas habían causado mella en su infatigable amiga. Decidió concederle un merecido descanso y tras dejarla cuidadosamente sobre un mostrador se fue a buscar algún otro práctico utensilio que le ayudara a masacrar a aquellas cucarachas.
Sección de jardinería: Umm... no estaba nada mal, le gustaba.
La manada de gente seguía encerrada en el ascensor como berberechos, no sospechaban que aquel era el momento idóneo para salir de allí, la oportunidad entre un millón que se presenta para eludir ese tipo de carnicerías.
No la aprovecharon. La sola idea de abrir las puertas del ascensor les daba auténtico terror, lo grotesco les esperaba al otro lado, el infierno estaba ahí a fuera.
Por fin lo había encontrado, le costó decidirse pero al final la elección no pudo ser más acertada: el psicópata se procuró uno de esos cortacésped manuales, uno de esos que son como un brazo de unos dos metros y medio de largo y llevan el motor en el extremo posterior. Se cuelgan cómodamente del cuello, la maniobrabilidad es prácticamente total y el poder de devastación, extremo. La hélice está en el extremo anterior, es un disco giratorio de tamaño ligeramente inferior al de un vinilo convencional pero eso sí, con unas afiladas aspas dispuestas a hacer las delicias del más enfermo y demente de los psicópatas. Era ideal. El motor era a gasoil por lo que le costó un poco arrancarlo pero finalmente lo consiguió.
Se dirigió jocoso y sonriente hacia el ascensor. Le brillaban los ojos, era como un niño con zapatos nuevos. El gran momento no se hizo esperar, finalmente las puertas del ascensor se abrieron y la gentuza de su interior quedó al descubierto. El loco descargó su voracidad sobre ellos. Eran como mantequilla para su nueva máquina de masacrar, los trozos de carne saltaban por todas partes.
Nadie pudo salir de aquel fatídico ascensor, poco a poco los gritos se fueron apagando, la muerte los silenciaba.
Al cabo de un buen rato una grotesca macedonia humana cubría por completo el suelo del ascensor, en menudo puzzle se habían convertido esos cincuenta y pico capullos, aquello iba a ser el paraíso del buen forense.
Sólo quedaba una persona ya, una pequeña niña de unos seis años permanecía acurrucada en un rincón del ascensor. Estaba cubierta de sangre y carne no suyos. Tenía los ojos abiertos como platos y temblaba como la típica hoja de árbol a la suave brisa del atardecer otoñal (tontería al canto). El psicópata, aunque muchos pudieran pensar lo contrario, también era humano y como tal, en su interior, muy en lo hondo, la compasión también tenía lugar. En un rincón muy profundo y lejano de su ser estaba esa vieja y amable anciana que le decía "no mates a tus semejantes, son capullos, pero en el fondo son buena gente, déjalos en paz".
Se dirigió hacia la niña, la miró y... le enchufó el cortacésped en toda la cara. Se escuchó un ruido grotesco parecido a cuando tiras un hueso de pollo a la licuadora. Se ensañó con ella pues era la última, tenía que aprovechar. Quedó machacada y arrinconada; irreconocible y muerta.

Muchos de vosotros os preguntareis ¿y qué fue de la compasión del psicópata?, ¿dónde coño estaba?. Pues bien amigos míos, esa vieja mujer hacía ya tiempo que había muerto.
Asesinada. Asesinada por esta sociedad en la que vivía. Machacada y pisoteada por el egoísmo y la avaricia de este mundo en el que cada día despertaba.
A veces no comprendemos las cosas que suceden a nuestro alrededor pero podéis estar seguros de que todo tiene su explicación.
Y masacrín masacrado este cuento se ha acabado.

FIN

vOtaR esTa histoRia