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EL VIOLINISTA
BASADO EN HECHOS REALES (pero de lejos)
Había una vez un hombre que sabía tocar mucho el violín. Era un fenómeno, un fitipaldi, era su vida.
Daba conciertos y recitales por doquier, su talento era reconocido a nivel mundial. Se trataba de la
típica leyenda viva que cuando era joven hacía no sé cuántos kilómetros a pie para ir a ensayar y lo
hacía en un garaje sucio y abandonado, con un violinucho de plástico de tan solo dos cuerdas. Se lo
había currado. Año tras año forjó su arte y finalmente consiguió una de las técnicas más depuradas
jamás escuchadas. Era un puto virtuoso del violín.
Dice el refrán que si no quieres fatalidad, no la busques. Él se permitió el lujo de pasarse este
refrán por el forro de los huevos y las consecuencias le aplastaron sin piedad.
Resulta que al tipo se le ocurrió subir al Everest y tocar una sonata vivache (o algo así) en la cumbre
de la montaña. Al muy cabrón se le congelaron los dedos de las manos cuando ni tan siquiera había
llegado a la mitad de la ascensión. Al ver que los tenía así como negros y morados se acojonó y bajó
cagando leches hacia la enfermería.
Demasiado tarde.
Cuando llegó abajo ya los tenía todos encartonados y resecados, momificados sería la palabra exacta.
La bromita de la sonata vivache le costó ocho dedos (cinco izquierdos y tres derechos). Los otros dos
que le quedaron le serían amputados meses más tarde vía hormigonera1.
La fatalidad era total, el tío estaba al borde de la locura, el violín se había acabado para él.
Una noche se encontraba en su sillón junto al billar. Sujetaba un vaso de whisky con su mano derecha
(no me preguntéis cómo). En su mano izquierda tenía un bote de pastillas de esas que usan en las
películas para suicidarse. Tenía pensado atiborrarse de ellas y mandarlo todo a la mierda.
En esas que vio una foto antigua de su madre por allí encima. Estaba amarillenta. Entonces recordó uno
de sus sabios consejos: "hijo mío, la vida es muy dura, pero tú no abandones jamás". Típico consejo que
es muy fácil de decir pero no tanto de cumplir. Pero mira tú, aquello le llegó al corazón. Tiró el bote
de pastillas y se embarcó en un ambicioso proyecto: diseñar un violín que se pudiese tocar con los
muñones.
Tras meses de trabajo y millones de inversión, lo consiguió. Podía volver a tocar el violín, se sentía
vivo de nuevo.
Por poco tiempo.
El chollo le duró lo justo hasta que decidió hacer un viaje benéfico a Brasil.
Se metió en patera por el amazonas. Tuvo mala suerte, fue víctima de una traviesa racha de viento.
Volcó. Y un banco entero de unas 250 pirañas se abastecieró merced a sus carnes.
Pero sobrevivió al calvario. En ese chapuzón de la muerte se dejó el hombre 35 kilos en carne. Pero sobrevivió.
Por desgracia vio reducida la ya de por sí mermada longitud de sus brazos. Los muñones se le quedaron a la
altura de los hombros.
La vida no le dejó otra opción. Se enrolló cuarenta kilos de amonal en la cintura, se metió en una
multitudinaria ceremonia inaugural y estalló en mil pedazos llevándose consigo a doscientas trece
personas.
Es inútil negarse a la llamada de la muerte.
FIN
1
¿quién no conoce a alguien a quien un día una hormigonera le arrancó varios dedos de esa
mano que siempre muestra y que tan poco nos gusta ver?
vOtaR esTa histoRia
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